lunes, 15 de junio de 2015

Viaje al centro de la Tierra de 1977

"Viaje al centro de la Tierra"


Eónes de tiempo que no visito "El sótano". He pasado a un plano pasivo, hasta hace poco. 

Hoy me he decidido a desempolvar la llave de mi laboratorio y empezar un pequeño nuevo proyecto, un canal de youtube. Al lado de la mesa de pruebas del laboratorio, voy a añadirle una nueva estantería, donde poner mis vídeos, mis películas. Una especie de almacen de mi cine. A ver lo que dura. El ritmo de publicación, no va a ser muy constante. Lo anticipo, para no crear falsas promesas. 

De modo que sirva esta breve entrada como breve presentación e inauguración de mi nuevo canal. Suscribiros si quereis y lo mismo para los "me gusta" o "No me gusta" recibidos. No los voy a suplicar mucho.

Primer vídeo subido, una pelicula que guardo un especial cariño: Viaje al centro de la tierra. Una producción Española de 1977 del director Juan Piquer Simon








Mr Hyde



martes, 15 de octubre de 2013

Oculto entre las sombras


Largo es el camino. Larga es la espera. El laboratorio, sumido en la oscuridad del sótano, aguarda mi llegada. Pero el tiempo corre en mi contra. Continuos son mis viajes y no en vano su finalidad: buscar ese ingrediente para mejorar mi poción.

Entre viaje y viaje, alguna película cae en mis manos, pero no del todo nuevas y no por falta de elección. El parque de estrenos da un poco de escalofríos, por lo que tirar de “archivo” suele resultar un ejercicio casi siempre satisfactorio.

La obsesión por encontrar la fórmula mágica me ha llevado a encuentros no siempre de tercera fase. El resultado es un laboratorio empapado en polvo y telarañas. Un escenario que poco puede importar a un ser como yo. Telarañas temporales, polvo provisional, entiéndase esto último, con la mejor de las intenciones.

Sobre las repisas descansan los resultados de algunas de mis investigaciones. Invito al visitante a comprobar cada frasco por su cuenta y riesgo.





Hasta mi regreso, siéntase como en su casa.

Hyde 



miércoles, 18 de septiembre de 2013

Relatos - La Calavera - Philip K. Dick



Un relato sencillamente magistral. Del maestro Philip K. Dick. Viajes en el tiempo y un final que hace reflexionar sobre nuestra propia sociedad.

LA CALAVERA
Philip K. Dick

—¿De qué oportunidad me habla? —Preguntó Conger—. Siga. Me interesa.
La habitación estaba en silencio; todas las miradas convergían en Conger, todavía vestido con el uniforme carcelario. El Portavoz se inclinó hacia adelante poco a poco.
—Antes de que fueras a prisión, tus negocios funcionaban muy bien... Todos ilegales, todos lucrativos. Ahora no tienes nada, excepto la perspectiva de pasarte otros seis años encerrado en una celda.
Conger frunció el entrecejo.
—Nos encontramos ante una situación muy importante para este Consejo, que requiere tus peculiares habilidades. Por otra parte, se trata de una situación que quizá te interese también a ti. Eras cazador, ¿no? Conoces bien la técnica de seguir rastros, de emboscarte en los matorrales y de acechar por la noche, ¿verdad? Imagino que la caza ha de proporcionarte muchas satisfacciones...
Conger suspiró. Se mordió los labios.
—De acuerdo —dijo—. Suéltelo. Vaya al grano. ¿A quién quiere que mate?
—Todo a su tiempo —sonrió suavemente el Portavoz.
El coche se detuvo. Era de noche; la calle estaba a oscuras. Conger miró por la ventanilla.
—¿Dónde estamos? ¿Qué sitio es éste?
El guardia le apretó el brazo.
—Vamos. Por esa puerta.
Conger pisó el suelo húmedo de la calle. El guardia se deslizó con celeridad detrás de él, seguido por el Portavoz. Conger aspiró una bocanada de aire frío. Examinó el contorno sombrío del edificio al que se dirigían.
—Conozco este lugar. Lo he visto antes. —Entrecerró los ojos, que se iban adaptando a la oscuridad. Repentinamente, se puso rígido—. Esto es...
—Sí. La Iglesia Primera. —El Portavoz se encaminó hacia la escalera—. Nos esperan.
—¿Nos esperan? ¿Aquí?
—Sí. —El Portavoz comenzó a subir los peldaños—. Ya sabes que no se nos permite la entrada, especialmente con pistolas. —Se detuvo. Dos soldados armados le salieron el paso—. ¿Todo en orden?
El Portavoz sostuvo sus miradas. Los soldados asintieron con la cabeza. La puerta de la iglesia se abrió. Conger divisó en el interior más soldados, jóvenes con los ojos bien abiertos que contemplaban los iconos y las imágenes sagradas.
—Empiezo a entender —dijo.
—Era necesario —dijo el Portavoz—. Como sabes, nuestras relaciones en el pasado con la Iglesia Primera han sido singularmente desafortunadas.
—No creo que esto las mejore.
—Pero vale la pena, ya lo verás.

Atravesaron el vestíbulo y entraron en la cámara principal, donde estaban el altar y los reclinatorios. El Portavoz dedicó una mirada distraída al altar cuando pasaron por delante. Empujó una pequeña puerta lateral y le hizo una señal a Conger.
—Por aquí, no tenemos tiempo que perder. Los fieles no tardarán en congregarse.
Conger parpadeó y obedeció. Se encontraban en una cámara pequeña, de techos bajos y paneles oscuros de madera vieja. Olía a cenizas y a especias humeantes.
—¿Qué es este olor? —preguntó.
—Cálices, o algo así. No lo sé. —El Portavoz cruzó con impaciencia la estancia—. Según nuestros informes, está escondido por aquí...
Conger paseó la vista por la cámara. Vio libros y legajos, símbolos sagrados e imágenes. Un extraño estremecimiento recorrió su cuerpo.
—¿Mi trabajo se relaciona con alguien de la Iglesia? Si es así...
—¿Es posible que creas en el Fundador? —preguntó con sorna el Portavoz—. ¿Es posible que un cazador, un asesino...?
—No, por supuesto que no. Todos esos discursos sobre la resignación ante la muerte, la no violencia...
—¿Qué pasa, pues?
—Me enseñaron a no mezclarme con esta gente. Poseen poderes extraños. Y es imposible hacerles razonar.
El Portavoz estudió a Conger detenidamente.
—Te equivocas. No nos interesa ninguno. Llegamos a la conclusión de que matarles sólo sirve para incrementar su número.
—Entonces, ¿por qué hemos venido? Larguémonos.
—No, nuestra misión es importante. Hemos venido a buscar algo que te servirá para identificar a tu hombre, imprescindible para localizarle. —El Portavoz esbozó una sonrisa—. No queremos que mates a otro. Es demasiado importante.
—No fallaré. —Conger hinchó el pecho—. Escuche, Portavoz...
—La situación es insólita. La persona que has de perseguir..., la persona que te mandamos a buscar..., sólo puede ser identificada mediante ciertos objetos que se encuentran aquí. Son simples indicios, los únicos datos de que disponemos. Sin ellos...
—¿Qué clase de objetos son?
Avanzó un paso hacia el Portavoz. Éste se apartó un poco.
—Mira. —Corrió una sección de la pared y quedó al descubierto un hueco cuadrado y oscuro—. Mira dentro.
Conger se agachó y forzó la vista. Frunció el ceño con desagrado.
—¡Una calavera! ¡Un esqueleto!
—El hombre que has de perseguir ha estado muerto durante doscientos años —dijo el Portavoz—. Eso es todo cuanto queda de él, lo único que tienes para encontrarle.
Conger estuvo callado largo rato. Contempló la osamenta, apenas visible en el nicho oculto tras la pared. ¿Cómo podría matar a un hombre muerto hacía siglos? ¿Cómo podría seguir su pista, abatirlo?
Conger era un cazador. Había vivido a su manera, en los lugares que le apetecían. Había conseguido mantenerse vivo comerciando con pieles que traía en su propia nave desde las Provincias, burlando el cinturón de aduanas de la Tierra.
Había cazado en las grandes montañas de la Luna. Había merodeado por las ciudades vacías de Marte. Había explorado...
—Soldado, coja esos objetos y llévelos al coche —ordenó el Portavoz—. Procure no perder nada.
El soldado se introdujo en el hueco con cautela y se acuclilló.
—Confío —susurró el Portavoz a Conger— en que nos demostrarás tu lealtad. Los ciudadanos siempre cuentan con medios para regenerarse, para demostrar su devoción a nuestra sociedad. Creo que cuentas con una excelente oportunidad. Dudo que tengas otra mejor. Y tus esfuerzos merecerán una generosa compensación, por supuesto.
Los dos hombres intercambiaron una mirada; Conger, delgado y andrajoso, el Portavoz, inmaculado en su uniforme.
—Entiendo —dijo Conger—. Quiero decir que entiendo lo de la oportunidad. Pero ¿cómo puede un hombre muerto hace siglos ser...?
—Te lo explicaré después. Ahora tenemos que irnos.
El soldado se había marchado con los huesos, envueltos cuidadosamente en una manta. El Portavoz se encaminó hacia la puerta.
—Vamos. Ya habrán descubierto nuestra irrupción, y se presentarán en cualquier momento.
Bajaron corriendo los húmedos escalones y entraron en el coche. Un segundo más tarde, el conductor elevó el coche en el aire, sobre los tejados de las casas.

El Portavoz se acomodó en el asiento.
La Iglesia Primera tiene un interesante pasado —empezó—. Imagino que lo conoces, pero me gustaría hacer hincapié en algunos puntos.
»El Movimiento se inició en el siglo veinte, durante alguna de las guerras periódicas. El Movimiento se extendió con suma rapidez, abonado por la opinión general acerca de la inutilidad de la guerra y de que cada una daba pie a otra peor, sin que se adivinara el final. El Movimiento aportó una respuesta muy sencilla al problema: sin preparativos militares, sin armas, no habría guerra. Y sin maquinarias ni la compleja tecnocracia científica no habría armas.
»El Movimiento sostenía que no era posible detener la guerra ayudando a planificarla. Sostenía que el hombre estaba sometido a esta maquinaria y a esta ciencia, que se le escapaban de las manos y le empujaban a guerras cada vez más feroces. Abajo la sociedad, gritaron. Abajo las fábricas y la ciencia. Unas cuantas guerras más y quedaría muy poca cosa del mundo.
»El Fundador era un oscuro personaje procedente del Medio Oeste de Estados Unidos. Ni siquiera conocemos su nombre. Todo lo que sabemos es que un día apareció predicando la doctrina de la no violencia, la no resistencia; no a la guerra, no a los impuestos para fabricar armas, no a la investigación, excepto la dedicada a la medicina. Vive pacíficamente, cuida tu jardín, apártate de la política; dedícate a lo tuyo. Pasa desapercibido, no te enriquezcas. Reparte tus posesiones, abandona la ciudad. Al menos, eso es lo que se desprendía de sus palabras.
El coche descendió y aterrizó en un tejado.
—El Fundador predicó esta doctrina, o su germen; ignoramos lo que los fieles añadieron. Las autoridades locales le detuvieron en seguida, por supuesto. Aparentemente, estaban convencidas de que lo decía en serio; nunca se le volvió a ver. Fue ejecutado, y su cuerpo enterrado en secreto. Parecía que de esta manera se terminaba con el culto —sonrió el Portavoz—. Por desgracia, algunos de sus discípulos afirmaron haberle visto después de la fecha de su muerte. El rumor se extendió; había vencido a la muerte, era divino. Se propagó por todas partes. Y aquí estamos hoy, con una Iglesia Primera que obstruye todo el progreso social, destruye la sociedad, siembra la anarquía...
—¿Qué pasó con las guerras? —preguntó Conger.
—¿Las guerras? Bien, no hubo más guerras. Hay que reconocer que la eliminación de las guerras fue consecuencia directa de la no violencia practicada a escala general. Sin embargo, hoy podemos contemplar la guerra desde una perspectiva más objetiva. ¿Qué hay de malo en la guerra? Posee un profundo valor selectivo, perfectamente concordante con los postulados de Darwin, Mendel y otros. Sin guerras, una masa de seres incompetentes e inútiles, carentes de educación y de inteligencia, se expande incontroladamente. La guerra reducía su número; era una forma natural, como los huracanes, los terremotos y las inundaciones, de eliminar a los ineptos.
»Sin guerras, los elementos más rastreros de la humanidad proliferan a su antojo. Representan una amenaza para los escasos instruidos, para los que practican la ciencia, los únicos preparados para dirigir la sociedad. Desprecian la ciencia, o la sociedad científica, basada en la razón. Y este Movimiento trata de ayudarles y encubrirles. Sólo cuando los científicos controlen por completo el... —consultó su reloj y abrió la puerta del coche—. Te contaré el resto mientras caminamos.
Atravesaron el tejado en penumbra.
—Habrás adivinado de quién son esos huesos, a quién tienes que perseguir. Este Fundador, este ignorante del Medio Oeste, ha estado muerto dos siglos exactos. Es una pena que las autoridades de su tiempo actuaran con tanta lentitud. Le permitieron hablar y dar a conocer su mensaje. Le permitieron predicar, fundar un culto. Y ya no hubo forma de pararlo.
»Pero ¿y si hubiera muerto antes de predicar, antes de exponer su doctrina? Por lo que sabemos, sólo le llevó un momento divulgarla. Dicen que habló una vez, sólo una vez. Luego llegaron las autoridades y le arrestaron. No se resistió; apenas un pequeño incidente.
El Portavoz se giró hacia Conger.
—Pequeño, pero aún padecemos las consecuencias.
Entraron en el edificio. Los soldados ya habían depositado el esqueleto sobre una mesa. Los soldados se mantenían firmes alrededor, con una expresión ardiente en sus rostros juveniles.
Conger se abrió paso entre ellos y se acercó a la mesa. Se inclinó y examinó los huesos.
—Así que esto es lo que queda —murmuró—. El Fundador. La Iglesia lo ha ocultado durante doscientos años.
—En efecto —replicó el Portavoz—, pero ahora está en nuestro poder. Acompáñame.
El Portavoz abrió una puerta. Unos técnicos levantaron la vista. Conger vio máquinas que zumbaban y giraban; mesas de trabajo y retortas. En el centro de la sala había una reluciente jaula de cristal.
El Portavoz tendió a Conger una pistola Slem.
—Recuerda que la calavera debe volver en perfecto estado... para comparar y sentar la prueba definitiva. Apunta bajo..., al pecho.
Conger sopesó el fusil.
—Parece bueno —comentó—. Conozco este modelo..., quiero decir que ya lo había visto, aunque no llegué a utilizarlo.
—Recibirás instrucciones sobre el uso del fusil y el funcionamiento de la jaula. Te proporcionarán todos los datos de que disponemos acerca de la hora y el lugar. El punto exacto se llamaba Hudson's Field, una pequeña comunidad en las afueras de Denver, Colorado. Ocurrió en mil novecientos sesenta. Y no lo olvides..., sólo podrás identificarlo mediante este cráneo. Advertirás características visibles en los dientes delanteros, especialmente en el incisivo izquierdo...
Conger escuchaba sin prestarle mucha atención. Observó cómo dos hombres vestidos de blanco introducían cuidadosamente la calavera en una bolsa de plástico. La ataron y la pusieron en la jaula de cristal.
—¿Y si me equivoco?
—¿Matando a otro? Sigues buscando. No vuelvas hasta encontrar a ese Fundador. Y no esperes a que abra la boca; ¡tienes que impedirlo! Adelántate. No te arriesgues; dispara en cuanto creas que lo has encontrado. Es probable que se trate de un forastero en la zona. Parece ser que nadie le conocía.
Conger continuaba absorto en sus pensamientos.
—¿Estás seguro de que no te falta nada? —preguntó el Portavoz.
—Sí, creo que sí.
Conger entró en la jaula de cristal y se sentó con las manos al volante.
—Buena suerte —dijo el Portavoz—. Todos esperamos que triunfes. Existen algunas dudas filosóficas sobre si es posible o no alterar el pasado. Ahora obtendremos la respuesta de una vez por todas.
Conger palpó los controles de la jaula.
—Por cierto —advirtió el Portavoz—, no intentes utilizar esta jaula para otros propósitos que los mencionados. La controlamos constantemente. Si queremos que regrese, lo podemos hacer. Buena suerte.
Conger no dijo nada. Cerraron la jaula. Levantó un dedo y pulsó el control del volante. Lo giró poco a poco.
Estaba mirando todavía la bolsa de plástico cuando la sala se desvaneció.
No vio nada durante un largo período de tiempo, nada más allá del cristal de la jaula. Los pensamientos se atropellaban en su mente. ¿Cómo reconocería al hombre? ¿Cómo se aseguraba antes de actuar? ¿Qué aspecto tenía? ¿Cómo se llamaba? ¿Cómo se habría comportado antes de hablar? ¿Sería una persona vulgar o un extranjero chiflado?
Conger cogió el fusil Slem y lo apretó contra su mejilla. El metal era frío y liso. Lo movió para comprobar la mira. Era un fusil muy bello, la clase de fusil del que podía enamorarse. Ojalá lo hubiera tenido en el desierto marciano, en las largas noches que pasó aterido, acechando las cosas que se movían en la oscuridad...
Puso el fusil en el suelo y ajustó los contadores de la jaula. La niebla que daba vueltas en espiral empezó a condensarse y a consolidarse. Al instante se vio rodeado de formas que oscilaban y fluctuaban.
Colores, sonidos y movimientos se infiltraron a través del cristal. Desconectó los controles y se puso en pie.
Se encontraba sobre un promontorio que dominaba una pequeña ciudad. Era mediodía. Un aire fresco y vivificante acarició su rostro. Algunos automóviles se deslizaban por la carretera. Distinguió tierras cultivadas en la lejanía. Respiró intensamente y volvió a la jaula.
Examinó sus rasgos ante el espejo. Se había recortado la barba (no habían conseguido que se la afeitara) y lavado el pelo. Iba vestido a la moda de la segunda mitad del siglo XX, con aquellos extravagantes cuellos, chaquetas y zapatos de piel de animal. Llevaba dinero de la época en el bolsillo. No necesitaba nada más. Excepto su habilidad y su instinto especial, aunque nunca los había utilizado en circunstancias semejantes.
Caminó por la carretera hacia la ciudad.
Lo primero que le llamó la atención fueron los periódicos. Día 5 de abril de 1961. No estaba muy lejos. Paseó la vista a su alrededor. Había una gasolinera, un garaje, algunos bares y una tienda de chucherías. Al final de la calle divisó una verdulería y algunos edificios públicos.
Pocos minutos después subió la escalera de la pequeña biblioteca pública y penetró en su cálido interior.
La bibliotecaria levantó la vista y sonrió.
—Buenos días —dijo.
Le devolvió la sonrisa sin atreverse a hablar; no utilizaría las palabras correctas y le denunciaría su acento extraño. Se acercó a una mesa y tomó asiento frente a una pila de revistas. Las hojeó unos instantes. Después volvió a ponerse de pie. Se dirigió hacia una gran librería apoyada en la pared. Los latidos de su corazón se aceleraron.
Periódicos..., semanas enteras. Cogió un montón, se los llevó a la mesa y empezó a estudiarlos rápidamente. La impresión era rara, las letras singulares. Desconocía algunas palabras.
Apartó los periódicos y fue a buscar más. Por fin encontró lo que buscaba. Se apoderó de la Cherrywood Gazette y la abrió por la primera página:

UN PRISIONERO SE AHORCA
Un hombre no identificado, arrestado en la oficina del sheriff del condado como sospechoso de sindicalismo criminal, fue encontrado muerto esta mañana por...

Finalizó el artículo. Era vago e inconsistente. Necesitaba más. Devolvió la Gazette a los estantes y, tras un momento de duda, abordó a la bibliotecaria.
—¿Más? —preguntó—. ¿Más periódicos? ¿Antiguos?
—¿Cuáles? —La mujer frunció el ceño—. ¿De qué año?
—De hace meses. Y... de antes.
—¿De la Gazette? Es el único que tenemos. ¿Qué quiere? ¿Qué está buscando? Quizá podría ayudarle.
Conger permaneció en silencio.
—Encontrará ejemplares más antiguos en las oficinas de la Gazette —dijo la mujer quitándose las gafas—. ¿Por qué no lo prueba? Aunque, si me lo dijera, quizá podría ayudarle...
Conger se marchó.
La oficina de la Gazette estaba en una calle lateral, de aceras resquebrajadas y agrietadas. Una estufa ardía en un rincón de la diminuta oficina. Un hombre corpulento se levantó y se acercó sin prisas al mostrador.
—¿Qué desea, señor?
—Periódicos antiguos. Un mes. O más.
—¿Para comprarlos? ¿Quiere comprarlos?
—Sí.
Sacó unos billetes. El hombre parpadeó.
—Claro —dijo—, claro. Espere un momento. —Salió corriendo de la habitación. Cuando volvió, se tambaleaba bajo el peso que transportaba, tenía la cara roja y sudorosa—. Aquí tiene algunos. Cogí lo que pude. Abarca todo el año. Y si quiere más...
Conger salió con los periódicos. Se sentó en el bordillo de la acera y los repasó.
Encontró lo que deseaba cuatro meses atrás, en diciembre. Era un artículo tan escueto que casi no reparó en él. Sus manos temblaban al leerlo. Utilizó un diccionario de bolsillo para algunos de los términos arcaicos.    

HOMBRE ARRESTADO POR MANIFESTACIÓN PÚBLICA ILEGAL
Un hombre no identificado que rehusó dar su nombre fue detenido en Cooper Creek por agentes especiales de la oficina del sheriff, siguiendo órdenes del sheriff Duff. Dijeron que el hombre había sido descubierto recientemente en esta zona y vigilado de cerca.
Fue...  

Cooper Creek. Diciembre de 1960. Su corazón latió con violencia. Era todo cuanto necesitaba saber. Se irguió con un estremecimiento y golpeó el frío suelo con los pies. El sol se había desplazado hasta el límite de las colinas. Sonrió. Ya había descubierto el lugar y el día exactos. Le bastaba con retroceder, quizá hasta noviembre, a Cooper Creek...
Caminó de vuelta atravesando el centro de la ciudad. Dejó atrás la biblioteca y la verdulería. No sería difícil; lo más difícil ya estaba hecho. Iría al pueblo, alquilaría una habitación y aguardaría la aparición del hombre.
Dobló una esquina. Una mujer cargada de paquetes salía por una puerta. Conger se desvió para dejarla pasar. La mujer le miró. Palideció de súbito. Clavó la vista en él con la boca abierta.
Conger se alejó a toda prisa. Miró por encima del hombro. ¿Qué le pasaba a la mujer? Aún seguía observándole; había soltado los paquetes. Conger caminó más rápido. Dobló otra esquina y subió por una calle lateral. Cuando miró atrás de nuevo vio que la mujer había llegado a la entrada de la calle. Se le unió un hombre y los dos corrieron hacia él.
Se escabulló y abandonó la ciudad en dirección a las colinas. Cuando llegó a la jaula se detuvo. ¿Qué había ocurrido? ¿Era su ropa, su indumentaria?
Reflexionó hasta que el sol se puso. Después entró en la jaula.
Conger se sentó ante el volante. Descansó un momento con las manos apoyadas en el mando de control. Luego giró el volante un pocos con la mirada atenta a los datos que le suministraban los medidores.
Un vacío gris le rodeó.
Pero no por mucho tiempo.

El hombre le miró con semblante crítico.
—Será mejor que entre. Hace frío.
—Gracias.
Conger atravesó agradecido el umbral y entró en la sala de estar. Una estufa de queroseno instalada en un rincón mantenía el ambiente cálido y acogedor. Una mujer gruesa e informe, que llevaba un vestido floreado, salió de la cocina. Ambos le examinaron atentamente.
—Se está bien aquí —dijo la mujer—. Soy la señora Appleton. Una buena temperatura, necesaria para esta época del año.
—Sí —asintió, mirando a su alrededor.
—¿Quiere comer con nosotros?
—¿Qué?
—¿Quiere comer con nosotros? —El hombre frunció las cejas—. No es usted extranjero, ¿verdad, señor?
—No —sonrió—. Nací en este país, muy al oeste.
—¿California?
—No —titubeó—. Oregon.
—¿Cómo es aquello? —preguntó la señora Appleton—. He oído decir que hay muchos árboles y pasto. Es tan seco esto. Yo provengo de Chicago.
—Esto es el Medio Oeste —explicó su marido—. No es usted un extranjero.
—No, Oregon forma parte de Estados Unidos —respondió Conger.
El hombre aprobó con aire ausente. Miraba la vestimenta de Conger.
—Un traje curioso, señor. ¿Dónde lo compró?
—Es un buen traje. —Conger se sentía desorientado. Se removió inquieto—. Si quiere, me iré.
Ambos levantaron las manos en ademán de protesta. La mujer sonrió.
—Hay que estar atento a esos rojos. Ya sabe que el gobierno no se cansa de advertírnoslo.
—¿Los rojos? —cada vez estaba más confundido.
—El gobierno dice que están por todas partes. Hemos de denunciar cualquier acontecimiento extraño o anormal, a cualquiera que no se conduzca con normalidad.
—¿Como yo?
—Bueno, no me parece que sea usted un rojo —dijo el hombre—, pero hay que ser precavido. El Tribuno dice...
Conger apenas escuchaba. Iba a ser más fácil de lo que pensaba. Descubriría al Fundador en cuanto hiciera acto de presencia. Esa gente, tan recelosa de todo lo diferente, murmuraría, correría la voz y pregonaría a los cuatro vientos el acontecimiento. Le bastaría con tener paciencia y los oídos atentos, sobre todo en la tienda del pueblo, o aquí mismo, en la pensión de la señora Appleton.
—¿Puedo ver la habitación? —preguntó.
—Desde luego. —La señora Appleton fue hacia la escalera—. Estaré encantada de enseñársela.
Subieron al piso superior. Hacía frío, pero no tanto como afuera. No tanto como en las noches de los desiertos marcianos. Lo agradeció vivamente.
Paseó por la tienda mirando las latas de verduras, los congelados de carnes y pescados, relucientes y limpios, que había en los estantes del frigorífico abierto.
Ed Davies se le acercó.            `
—¿Puedo ayudarle? —dijo.
El tipo iba vestido de una forma rara, ¡y llevaba barba! Ed no pudo reprimir una sonrisa.
—Nada —respondió el hombre con voz singular—. Sólo miraba.      
—Claro —dijo Ed.
Volvió detrás del mostrador. La señora Hacket se acercó con su carrito.
—¿Quién es? —susurró, ocultando su rostro anguloso y moviendo la nariz como si olfateara algo—. Nunca le había visto.
—No lo sé.
—Me resulta extraño. ¿Por qué lleva barba? Nadie lleva barba. Debe de pasarle algo.
—A lo mejor le gusta llevar barba. Tenía un tío que...
—Espere. —La señora Hacket se puso rígida—. Ése..., ¿cómo se llamaba? El rojo..., aquel viejo. ¿No llevaba barba? Marx. Llevaba barba.
—Ése no es Karl Marx —rió Ed—. Una vez vi una fotografía.
—¿De veras? —La señora Hacket le miró con suspicacia.
—De veras —enrojeció un poco—. ¿Y qué?
—Me gustaría saber algo más de él. Creo que deberíamos saber más, por nuestro propio bien.

—¡Oiga, señor! ¿Quiere subir?
Conger se volvió al instante y bajó la mano hacia el cinturón. Se relajó. Eran dos jóvenes en un coche, un chico y una chica. Les dedicó una sonrisa.
—¿Subir? Claro.
Entró en el coche y cerró la puerta. Bill Willet puso en marcha el motor y el coche salió disparado hacia la autopista.
—Me gusta ir en coche —comentó Conger—. Iba de paseo hacia la ciudad, pero está más lejos de lo que pensaba.
—¿De dónde es usted? —preguntó Lora Hunt.
Era bonita, menuda y de piel tostada. Vestía un jersey amarillo y una falda azul.
—De Cooper Creek.
—¿Cooper Creek? —Bill frunció el ceño—. Qué raro. Nunca le había visto.
—Ah, ¿venís de allí?
—Nací allí. Conozco a todo el mundo.
—Me trasladé desde Oregon.
—¿Oregon? No sabía que la gente de Oregon tuviera ese acento.
—¿Tengo acento?
—Habla de una forma curiosa.
—¿Cómo?
—No lo sé. ¿No es verdad, Lora?
—Se come las palabras —sonrió Lora—. Hable más. Me interesan los dialectos.
Cuando hablaba descubría sus dientes inmaculadamente blancos. Conger sintió que se le encogía el corazón.
—Tengo un defecto en el habla.
—Oh. —Los ojos de la chica se abrieron de estupor—. Lo siento.
Ambos le miraron con curiosidad. Conger, por su parte, se estrujaba el cerebro para hallar la forma de hacerles preguntas sin parecer curioso.
—Creo que no viene mucha gente de fuera por aquí. Forasteros.
—No. —Bill meneó la cabeza—. No muchos.
—Apuesto a que soy el primero en mucho tiempo.
—Yo diría que sí.
—Un amigo mío... —Conger titubeó—, un conocido, me dijo que vendría. ¿Dónde creéis que podría...? —se interrumpió—. ¿Quién podría haberle visto? ¿A quién podría preguntar para no dejar de verle cuando venga?
—Basta con mantener los ojos abiertos. Cooper Creek no es muy grande.
—No, es verdad.
Siguieron el viaje en silencio. Conger observó el perfil de la chica. Probablemente, sería la novia del chico, o su esposa provisional. ¿Habrían adoptado ya el método del matrimonio provisional? No pudo recordarlo. Pero seguro que una chica tan atractiva de esa edad ya tendría un amante; aparentaba unos dieciséis años. Algún día se lo preguntaría, si la volvía a ver.

Conger paseó al día siguiente por la calle principal de Cooper Creek. Pasó frente a la tienda, las dos gasolineras y la oficina de Correos. En la esquina había el bar.
Se paró. Lora estaba dentro, hablando con el dependiente. Reía y se balanceaba atrás y adelante.
Conger empujó la puerta. Una bocanada de aire caliente le azotó el rostro. Lora bebía un batido de chocolate caliente con nata. Alzó la mirada sorprendida cuando él se sentó en la silla contigua.
—Perdone. ¿La molesto?
—No. —La chica agitó la cabeza. Tenía los ojos grandes y negros—. De ninguna manera.
—¿Qué desea? —le preguntó el empleado.
—Lo mismo que la señorita.
Lora miraba a Conger con los brazos cruzados y los codos apoyados en el mostrador. Le sonrió.
—Por cierto, aún no sabe mi nombre. Lora Hunt.
Ella le tendió la mano. Conger la tomó torpemente, sin saber qué hacer exactamente con ella.
—Mi nombre es Conger.
—¿Conger? ¿Es el nombre o el apellido?
—¿El nombre o el apellido? —vaciló—. El apellido. Omar Conger.
—¿Omar? —rió Lora—. Como el poeta, Omar Khayyam.
—No le conozco. No sé mucho de poetas. Restauramos muy pocas, obras de arte. Sólo la Iglesia se ha interesado lo suficiente...
Cesó de hablar. Ella le miraba fijamente. Conger se sonrojó.
—En el lugar de donde vengo.
—¿La iglesia? ¿A qué iglesia se refiere?
La Iglesia.
Estaba confuso. Le sirvieron el chocolate y lo bebió a grandes sorbos, agradecido. Lora no apartaba la vista de él.
—Es usted muy extraño. No le gustó a Bill, pero a Bill no le gusta nada que sea diferente. Es tan..., tan prosaico. ¿No cree que cuando una persona se hace mayor debería... tener unas miras más amplias?
Conger asintió con un gesto.
—Dice que los extranjeros deberían quedarse en su tierra, no venir aquí. Aunque usted no es extranjero. Se refiere a los orientales.
Conger volvió a asentir.
La puerta se abrió a sus espaldas. Bill entró. Les miró.
—Vaya —dijo.
Conger se volvió.
—Hola.
—Vaya. —Bill se sentó—. Hola, Lora. —Miraba a Conger—. No esperaba verle otra vez.
Conger se puso tenso. Sentía la hostilidad del chico.
—¿Le disgusta?
—No, no especialmente.
Se hizo un silencio. Bill se dirigió a Lora.
—Bueno, vámonos.
—¿Irnos? —preguntó asombrada—. ¿Por qué?
—¡He dicho que nos vamos! —La cogió de la mano—. Vamos, el coche está afuera.
—¡Caramba, Bill Willet, estás celoso!
—¿Quién es ese tipo? —preguntó Bill—. ¿Qué sabes de él? Mírale, y mira esa barba...
—¿Y qué? —Los ojos de la chica llamearon de cólera—. ¡Sólo porque no conduce un Packard y vive en Cooper High!
Conger examinó al muchacho. Era alto..., alto y fuerte. Probablemente, formaría parte de alguna organización cívica parapolicial.
—Lo siento —dijo—. Me voy.
—¿Qué asuntos le han traído a la ciudad? —preguntó Bill—. ¿Qué hace aquí? ¿Por qué mariposea alrededor de Lora?
Conger miró a la chica y se encogió de hombros.
—Da igual. Ya nos veremos.
Se volvió. Y se inmovilizó. Bill se había movido. Los dedos de Conger volaron hacia el cinturón. «Sólo media descarga —se dijo—. Nada más. Sólo media descarga.»
Apretó. El local se tambaleó a su alrededor. Iba protegido por el forro de su traje, el revestimiento plástico interno.
—Dios mío...
Lora levantó las manos. Conger soltó una palabrota. No deseaba que a ella le sucediera nada, pero se le pasaría. Sólo había utilizado medio amperio. Producía un hormigueo.
Un hormigueo y parálisis.
Salió por la puerta sin mirar atrás. Había llegado casi a la esquina cuando Bill se asomó lentamente, oscilando como un borracho. Conger se fue.

Mientras Conger caminaba por la noche, inquieto, una forma surgió ante él. Se detuvo y contuvo el aliento.
—¿Quién es? —preguntó una voz de hombre.
Conger aguardó, tenso.
—¿Quién es? —repitió el hombre.
Agitó algo en la mano. Se encendió una luz. Conger avanzó.
—Soy yo.
—¿Quién es «yo»?
—Mi nombre es Conger. Resido en la pensión de los Appleton. ¿Quién es usted?
El hombre se aproximó con parsimonia. Llevaba una chaqueta de cuero. Una pistola colgaba de su cintura.
—Soy el sheriff Duff. Me parece que usted es la persona con la que quería hablar. ¿No estaba hoy en Bloom's, hacia las tres?
—¿Bloom's?
—El bar. Donde los chicos van a holgazanear.
Duff enfocó la linterna en su rostro. Conger parpadeó.
—Aparte ese aparato.
Una pausa.
—Muy bien. —La luz iluminó el suelo—. Usted estaba allí. Hubo una pelea entre usted y el chico de los Willet, ¿no es así? Discutieron sobre esa chica...
—Sí, discutimos —dijo cautelosamente Conger.
—¿Y qué sucedió después?
—¿Por qué?
—Digamos que soy curioso. Dicen que usted hizo algo.
—¿Hice algo? ¿Qué?
—No lo sé, es lo que trato de averiguar. Vieron un destello, y parece que ocurrió algo. Perdieron el conocimiento. No se podían mover.
—¿Cómo se encuentran?
—Bien.
Hubo un silencio.
—¿Y bien? —inquirió Duff—. ¿Qué fue? ¿Una bomba?
—¿Una bomba? —rió Conger—. No, mi mechero ardió. Había un escape y el gas se inflamó.
—¿Por qué se desmayaron todos?
—Las emanaciones.
Silencio. Conger se agitó, impaciente. Sus dedos se deslizaron hacia el cinturón. El sheriff bajó la vista y gruñó.
—Si usted lo dice... De todas maneras, tampoco sufrieron grandes daños. —Retrocedió unos pasos—. Y, además, ese Willet es un camorrista.
—Entonces, buenas noches —dijo Conger.
Pasó por delante del sheriff.
—Una cosa más, señor Conger, antes de que se vaya. No le importará que compruebe sus documentos de identidad, ¿verdad?
—No, desde luego que no.
Conger metió la mano en el bolsillo y sacó el billetero. El sheriff lo cogió y alumbró con la linterna. Conger le observó sin pestañear. Habían dedicado un arduo trabajo al billetero, examinando documentos históricos, reliquias de la época, todos los papeles que consideraron importantes.
Duff se lo devolvió.
—Muy bien. Siento haberle molestado.
Cuando Conger llegó a la casa, encontró a los Appleton sentados frente al televisor. No levantaron la vista para saludarle. Se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Puedo preguntarles algo? —La señora Appleton ladeó la cabeza al instante—. ¿Puedo preguntarles... cuál es la fecha?
—¿La fecha? El uno de diciembre.
—¡El uno de diciembre! ¡Caramba, si estábamos en noviembre!
Ambos le miraron. De pronto, recordó. En el siglo veinte aún utilizaban el viejo sistema de los doce meses. Diciembre seguía a noviembre. Entre los dos no existía cuartiembre.
Tragó saliva. ¡Sería mañana! ¡El dos de diciembre! ¡Mañana!.
—Gracias —dijo—. Muchas gracias.
Subió la escalera. Qué idiota había sido al olvidarse. El Fundador: había sido arrestado el dos de diciembre, según los periódicos. Mañana, dentro de doce horas, el Fundador aparecería para hablar a la gente, y más tarde sería encerrado en una celda.

El día era cálido y luminoso. Los zapatos de Conger hacían crujir la capa de nieve helada. Avanzó entre los árboles cubiertos por un manto blanco. Subió una colina y bajó por la otra ladera, apresurando el paso.
Se detuvo y echó un vistazo alrededor. Todo estaba en silencio. No se veía a nadie. Sacó una varilla de su cintura y giró un mando. Por un momento no sucedió nada. Luego brilló un débil resplandor en el aire.
La jaula de cristal apareció y descendió lentamente. Conger suspiró. Se alegró de verla otra vez. Después de todo, era su único medio de regresar.
Subió al promontorio. Paseó la vista, satisfecho, con los brazos en jarras. Hudson's Field se extendía hasta el inicio de la ciudad. Se veía desnudo y plano, cubierto de una fina película de nieve.
Aquí vendría el Fundador. Aquí les hablaría. Y aquí le detendrían las autoridades.
Sólo que moriría antes de que llegaran. Moriría antes de hablar.
Conger volvió al globo de cristal. Abrió la puerta y entró. Cogió el fusil Slem del estante y colocó el cerrojo en la posición correcta. Estaba preparado para disparar. Reflexionó un instante. ¿Se lo llevaría?
No. Faltaban horas para que el Fundador llegara. ¿Qué pasaría si tropezaba con alguien? Cuando viera al Fundador irrumpir en el campo, iría a buscar el fusil.
Conger miró el estante. Allí estaba el paquete. Lo bajó y lo desenvolvió.
Tomó la calavera entre sus manos y le dio la vuelta. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Al fin y al cabo, era la calavera de un hombre, la calavera del Fundador, que aún seguía con vida, que llegarla dentro de poco, que se pararía en el campo a pocos metros de distancia.
¿Qué pasaría si pudiera ver su propio cráneo, amarillento y corroído? Doscientos años de edad. ¿Osaría hablar? ¿Osaría hablar después de verlo, el viejo y sonriente cráneo? ¿Qué le diría a la gente? ¿Qué mensaje aportaría?
¿Qué acto no sería inútil después de ver la propia, marchita calavera? Lo mejor sería gozar de la vida mientras aún quedara tiempo.
Un hombre que pudiera sostener su propia calavera entre las manos creería en muy pocas causas, en muy pocos movimientos. Tal vez llegara a predicar lo contrario...
Un sonido. Conger depositó la calavera en el estante y asió el fusil. Algo se movía afuera. Fue hacia la puerta rápidamente, el corazón le latía con furia. ¿Era él? ¿Era el Fundador, que vagaba aterido en busca de un lugar donde poder hablar? ¿Meditaba sobre sus palabras, escogía sus frases?
¡Si pudiera ver lo que Conger había sostenido!
Abrió la puerta con el fusil levantado.
¡Lora!
La miró. Llevaba una chaqueta de lana y botas. Hundía las manos en los bolsillos. Exhalaba nubes de vapor por la boca y la nariz. Su pecho subía y bajaba.
Se miraron en silencio. Por fin, Conger bajó el fusil.
—¿Qué ocurre? ¿Qué hace aquí?
Ella señaló con el dedo. Le resultaba difícil hablar. Conger frunció el ceño; ¿qué le pasaba a la chica?
—¿Qué ocurre? ¿Qué quiere? —Miró hacia donde ella señalaba con el dedo—. No veo nada.
—Vienen.
—¿Quiénes? ¿Quién viene?
—La policía. El sheriff llamó anoche a la policía estatal para que enviaran coches. Lo tienen todo rodeado. Bloquean las carreteras. Vienen unos sesenta. Algunos de la ciudad, otros de más lejos. —Se calló y con tuvo el aliento—. Dijeron..., dijeron...
—¿Qué?
—dijeron que usted es una especie de comunista. Dijeron...
Conger entró en la jaula. Colocó el fusil en el estante y salió de nuevo. Se acercó a la chica.
—Gracias. ¿Vino a decírmelo? ¿No lo cree?
—No lo sé.
—¿Vino sola?
—No, Joe me acompañó en su camión desde la ciudad.
—¿Joe? ¿Quién es?
—Joe French. El fontanero. Es amigo de papá.
—Vámonos.
Fueron hacia el campo a través de la nieve. El pequeño camión estaba aparcado a mitad de camino. Un hombre bajo y robusto aguardaba sentado detrás del volante, fumando en pipa. Se irguió en cuanto les vio venir.
—¿Es usted el tipo en cuestión? —preguntó.
—Sí. Gracias por avisarme.
—No sé nada de eso. Lora dice que usted es un buen hombre. Tal vez le interese saber que están llegando más policías. No es una advertencia... Simple curiosidad.
—¿Más?
Conger miró en dirección a la ciudad. Formas negras se abrían paso entre la nieve.
—Gente de la ciudad. Es imposible que nadie deje de enterarse en una pequeña ciudad. Todos escuchamos la emisora de la policía; oyeron lo mismo que Lora. Alguien la sintonizó, divulgó la noticia...
Se encogió de hombros.
Las formas aumentaban de tamaño. Conger divisó unos cuantos: Bill Willet, seguido de algunos compañeros de la escuela. Los Appleton renqueaban a prudente distancia.
—También Ed Davis —murmuró Conger.
El tendero avanzaba penosamente hacia el campo acompañado de tres o cuatro ciudadanos.
—La curiosidad les matará —comentó French—. Bueno, creo que volveré a la ciudad. No quiero que llenen mi camión de agujeros. Vamos, Lora.
La joven miraba a Conger con los ojos abiertos de par en par.
—Vamos —repitió French—, larguémonos. Sabe que no puede seguir parado ahí. ¿verdad?
—¿Por qué?
—Habrá un tiroteo. Por eso se juntaron todos, para verlo. Lo sabe, ¿eh, Conger?
—Sí.
—¿Tiene un fusil? ¿O le da igual? —French esbozó una sonrisa—. Ya han capturado a otros. No se sentirá solo.
¡Por supuesto que no le daba igual! Debía quedarse en el campo. No podía permitir que arrestaran al Fundador. Aparecería en cualquier momento. ¿Sería alguno de los ciudadanos, agazapado silenciosamente al borde del campo, esperando, esperando?
O quizá era Joe French, o uno de los policías. Cualquiera podría sentir el impulso de hablar. Y las pocas palabras que se pronunciaran ese día gravitarían como una losa durante mucho tiempo.
¡Conger debía estar presente cuando la primera palabra sonara en el aire!
—No me da igual —dijo—. Vuelva a la ciudad y llévese a la chica con usted.
Lora se sentó muy erguida junto a Joe French. El fontanero puso en marcha el motor.
—Míralos, acechando como buitres, a la espera de ver cómo matan a alguien —dijo.
El camión se alejó. Lora seguía sentada rígida y silenciosa, y además asustada. Conger les vio marchar, y luego se adentró en los bosques, hacia el promontorio.
Podía escapar, desde luego, en cuanto quisiera. Todo lo que debía hacer era entrar en la jaula de cristal y girar los mandos. Pero tenía una misión, una misión importante. Estaba obligado a quedarse.
Llegó a la jaula y abrió la puerta. Sacó el fusil del estante. El Slem se ocuparía de ellos. Lo graduó a la máxima potencia. La reacción en cadena los barrería a todos, a la policía, a esa gente sádica y morbosa...
¡No le atraparían! Antes morirían. El escaparía. Huida. Todos habrían muerto antes de que terminara el día, si tal era su deseo, y él...
Vio la calavera.
De pronto, bajó el fusil y cogió el cráneo. Lo giró. Miró los dientes. Fue a contemplarse en el espejo.
Mientras lo hacía alzó la calavera. La apretó contra su mejilla. El sonriente cráneo le miraba de soslayo, junto a su rostro, junto a su cráneo, apoyado en su carne palpitante.
Enseñó los dientes. Y comprendió.
Lo que sostenía era su propia calavera. Él era quien iba a morir. Él era el Fundador.
Al cabo de un rato soltó la calavera. Jugueteó con los controles unos minutos. Oyó el rugido de los motores que se aproximaban, las voces amortiguadas de los hombres. ¿Volvería al presente, donde le aguardaba el Portavoz? Podía escapar, por supuesto...
¿Escapar?
Se volvió hacia la calavera. Su calavera, amarillenta por el paso del tiempo. ¿Escapar? ¿Escapar, cuando acababa de sujetarla entre sus manos?
¿Qué ocurriría si retrocedía un mes, un año, diez, incluso cincuenta? El tiempo no existía. Había tomado chocolate en compañía de una chica nacida ciento cincuenta años antes que él. ¿Escapar? Sólo por un breve intervalo.
De todos modos, no podía realmente escapar, como tampoco lo había conseguido nadie, ni lo conseguiría nadie.
La única diferencia es que había sostenido en sus manos sus propios huesos, su propia calavera.
Ellos no.
Traspasó el umbral de la puerta y salió al campo con las manos vacías. Había un montón de gente al acecho, formando un grupo compacto, esperando. Confiaban en presenciar una lucha excitante. Se habían enterado del incidente en el bar.
Y había muchos policías..., policías con fusiles y gases lacrimógenos, apostados en las colinas y las lomas, entre los árboles, cada vez más cerca. La misma vieja historia de este siglo.
Un hombre le arrojó algo. Cayó a sus pies, en la nieve: una piedra. Sonrió.
—¡Vamos! —gritó otro—. ¿No tienes bombas?
—¡Tira una bomba! ¡Tú, el de la barba! ¡Tira una bomba!
—¡Que lo cojan!
—¡Tira unas cuantas bombas atómicas!
Estallaron en carcajadas. Él sonrió. Puso los brazos en jarras. Todos enmudecieron de súbito, al comprender que se disponía a hablar.
—Lo siento —dijo con humildad—. No tengo bombas. Se han equivocado.
Se elevó una nube de murmullos.
—Tengo un fusil —continuó—, un buen fusil. Diseñado por una ciencia mucho más avanzada que la vuestra. Pero no lo voy a utilizar.
El asombro se apoderó de los que escuchaban.
—¿Porqué no? —preguntó alguien.
Una anciana le observaba, algo apartada del grupo. Sintió un estremecimiento. La había visto antes. ¿Dónde?
Recordó. Aquel día que fue a la biblioteca. Se había cruzado con ella al doblar una esquina. Al verle, se había quedado estupefacta. Entonces no había comprendido la razón.
Conger sonrió entre dientes. Así que el hombre que ahora la aceptaba voluntariamente escaparía de la muerte. Los perseguidores se reían del hombre que tenía un fusil y no quería usarlo. Por un extraño capricho de la ciencia reaparecería dentro de pocos meses, después de que sus huesos se pudrieran bajo el suelo de una celda.
Y así, en cierta forma, escaparía de la muerte. Moriría, pero luego, al cabo de unos meses, resucitaría durante una tarde.
Una tarde. Suficiente para que le reconocieran, para que comprendieran que continuaba vivo, para saber que había vuelto a la vida.
Y después, por fin, nacería de nuevo, doscientos años más tarde. Pasados dos siglos.
Nacería otra vez, de hecho, en una pequeña ciudad comercial de Marte. Crecería, aprendería a cazar y a rastrear...
Un coche de la policía se acercó por el extremo del campo y se detuvo. La gente retrocedió unos metros. Conger levantó las manos.
—Os propongo una extraña paradoja —dijo—. Aquellos que tomen vidas perderán la suya. Aquellos que maten morirán. ¡Pero el que sacrifique su vida vivirá de nuevo!
Sonaron unas risas débiles, nerviosas. Los policías salieron del coche y caminaron en su dirección. Conger sonrió. Había dicho todo lo que quería decir. Estaba orgulloso de la sencilla paradoja que había creado. Ellos buscarían el significado, la recordarían.

Conger avanzó sonriente hacia una muerte anunciada.

Philip K. Dick



jueves, 5 de septiembre de 2013

Técnicas de animación – El Rotoscopio



Uno llega de vacaciones y lo primero que le obligan a hacer es trabaja. Pero en vez de trabajar en mi propio laboratorio, que sería lo suyo, ¿no? Pues que va, tengo que hacerlo en otro lado, he de cumplir mi palabra. Así lo he hecho y tengo que añadir que ha sido un placer.

Aprovechando el trabajo realizado, lo traigo de muestra al laboratorio para investigarlo. Parte de la entrada tiene que ver con el cine, de modo que cuando llegue la parte de los videojuegos, si no son de su agrado, cierran y de vuelta al Sótano.

Mi último experimento, por aquí caballeros: 



miércoles, 31 de julio de 2013

Cine y Videojuegos


Mis continuos viajes, que no tienen otro fin que la búsqueda de elementos para completar mi poción, no me ha permitido mucho acercarme al interior de mi oscuro laboratorio en el Sótano, estos últimos días. Pero mi labor como investigador, ha contribuido a llenar el vacío espacio blanco de mi cuaderno de notas. Una de ellas, un experimento en pruebas que he ofrecido a mis compañeros de orgullogamer usándolos como ratones de laboratorio. Os traigo aquí el resultado de los primeros ensayos:



lunes, 29 de julio de 2013

Trailer 47 Ronin

 "47 Ronin"

He de confesar, que el muchacho este, Keanu Reeves me cae bien. Antes de que salten sobre mi, aquellos que por arrogancia, creen saber más que nadie sobre cine, decir que si, que lo se, que el muchacho tiene un nivel y registro interpretativo propio de una Uralita, pero aun así, me cae bien el mozo. Neo es mucho Neo y dejó hondo poso en mi recuerdo.

Tragedias en su vida a parte, y no por frialdad si no porque esta entrada no va sobre Keanu y sus desdichas, al bueno de Reeves hacía mucho tiempo que no se le veía por las salas de cine, al menos en una mega-producción de esta envergadura. (Qué mal suena esta palabra, siempre me recuerda a N. Vidal)

47 Ronin. La pinta de esta película, la primera sensación que me ha transmitido es la de ser una tremenda sarta de fuegos artificiales. Pero esta vez apetecibles. Amen de las “flipadeces” propias del género que toca, propias sí, que ya conocerán ustedes como va esto de la “opera” japonesa, pero también actualizadas, cogiendo el término “actualizado” con pinzas para de nuevo, no ofender a los expertísimos en cine.

Que quieren que les diga, a mi me ha gustado este primer trailer, creo que uno empieza a estar un poco hasta las pelotas de tanto Super héroe dentro del mundo “palomita” ¿no?


Ahí va el trailer. Que lo disfruten


"47 Ronin"

.
Mr Hyde



jueves, 18 de julio de 2013

Un susto de película

De película porque la victima tardará mucho en olvidar la broma en base a "The Ring" que le ha preparado su futuro exnovio





martes, 25 de junio de 2013

La voz a vosotros debida

Desde este humilde Sótano, siempre reconoceremos la labor de estos pedazo de actores, sirva este vídeo como homenaje a vosotros y dentro de poco, interpretando ese poco como un dulce espacio indeterminado en el tiempo, os dedicaré una entrada a cada uno de los presentes.











"Actores de Doblaje"

El Sótano de Mr Hyde



jueves, 20 de junio de 2013

El Hombre de Acero

Ya falta muy poco, el 21 de junio se estrena en España El Hombre de Acero. Un regreso de Superman que augura un regreso grande del súper héroe, que nada tiene que ver con la anterior bazofia de Superman Returns.



miércoles, 5 de junio de 2013

Philip K Dick - La Paga

"Philip K Dick - La Paga"

Es cierto que me debería poner a trabajar en el laboratorio y reseñar películas y comentar noticias con vosotros, pero el poco tiempo del que dispongo lo estoy empleando en recuperar libros perdidos y lecturas aplazadas. No creáis tampoco que es mucho el tiempo empleado para esta labor lectora, dispongo únicamente de lo que permite el metro, desde la estación de trabajo, hasta la de casa. Tiempo más que justo para leer pequeños capítulos, pequeños relatos del que es uno de mis escritores contemporáneos favoritos, el Señor Philip K Dick.

Relato que quiero compartir. No publico todos y cada uno de ellos, sólo aquellos que creo que hay que destacar; ya que si por mi fuera, publicaba toda su obra de un tirón, pero no procede.

Hoy os traigo y recomiendo: La paga. Un espectacular relato sobre los viajes en el tiempo. Un pequeño resumen.

Jennings regresa a las oficinas de la empresa donde ha estado trabajando los dos últimos años. Las condiciones de su contrato son percibir 50.000 y someterse a un proceso por el cual, los recuerdos de esos dos años de trabajo serán borrados de su cabeza.
Cuando va a recibir su paga, se le comunica que ha hecho uso de una cláusula especial de su contrato, la de su derecho a cambiar los 50.000 créditos por objetos de su elección.
Jennings no recuerda nada de esa cláusula, pero efectivamente, su firma y letra es la que aparece en el contrato. Su yo del “pasado” ha cambiado 50.000 créditos, por siete objetos en apariencia insignificantes y no puede recordar nada.
Según se desarrollan los acontecimientos, Jennings se da cuenta de cuan valiosos son esos objetos que su “yo” le ha proporcionado, poco a poco irán marcando su destino que le llevará a un increíble desenlace final.

Disfrútenlo damas y caballeros:

Philip K. Dick
La Paga


El movimiento se inició sin previo aviso. Los motores zumbaron con suavidad. Se hallaba a bordo de un pequeño crucero privado que surcaba el cielo de la tarde tranquilamente.
—Uf —suspiró Hendricks.
Se irguió en su asiento y se frotó la cabeza. Earl Rethrick, a su lado, le miró con los ojos brillantes.
—¿Está bien?
—¿Dónde estamos? —Jennings agitó la cabeza en un intento de aliviar el dolor—. O quizá debería formular la pregunta de otra manera.
En seguida advirtió que no era otoño, sino primavera, a juzgar por el verde de los campos. Lo último que recordaba era haber subido en un ascensor con Rethrick. En otoño. Y en Nueva York.
—Sí —confirmó Rethrick—, hemos adelantado casi dos años. Ya verá que muchas cosas han cambiado. El gobierno cayó hace pocos meses. El nuevo gobierno es todavía más fuerte. La PS, la Policía de Seguridad, posee un poder casi ilimitado. Está enseñando a los niños a delatar, pero ya lo veíamos venir. Echemos un vistazo. Nueva York es más grande. Tengo entendido que han terminado de rellenar la bahía de San Francisco.
—¡Lo que quiero saber es qué demonios he estado haciendo estos últimos dos años! —Jennings encendió un cigarrillo, nervioso, y mordisqueó el filtro—. ¿Me lo va a contar?
—No, por supuesto que no.
—¿Adónde vamos?
—Volvemos a la oficina de Nueva York. Donde nos encontramos por primera vez, ¿recuerda? Seguro que se acordará mejor que yo; al fin y al cabo, para usted es como si sólo hubieran pasado unas veinticuatro horas.
Jennings asintió. ¡Dos años! Dos años de su vida, perdidos para siempre. Parecía imposible. Aún seguía reflexionando y calibrando su decisión cuando entró en el ascensor. ¿Cambiaría de opinión? A pesar del dinero que iba a conseguir (una cantidad enorme, incluso para él), tal vez no valiera el esfuerzo. Siempre se preguntaría en qué había estado ocupado. ¿Un trabajo legal? ¿Era acaso...? Pero estas especulaciones carecían de importancia a estas alturas. El telón había caído mientras se debatía en la duda. Miró con el ceño fruncido el cielo de la tarde. La tierra se veía húmeda, viva. La primavera, la primavera de dos años después. ¿Qué podría contar de esos dos años?
—¿Me han pagado? —preguntó. Sacó la cartera y examinó su interior—. Veo que no.
—No. Le pagaremos en la oficina. Kelly lo hará.
—¿Todo a la vez?
—Cincuenta mil créditos.
Jennings sonrió, algo más aliviado ahora que la cantidad había sido verbalizada. Después de todo, no estaba tan mal, como si le pagaran por dormir. Claro que había envejecido dos años; dos años menos de vida. Era como vender parte de sí mismo, parte de su vida. Y la vida iba muy cara en esos días. Se encogió de hombros. A fin de cuentas, era el pasado.
—Casi hemos llegado —anunció el hombre de mayor edad. El piloto robot hizo descender la nave a tierra. Nueva York se hizo visible— Bueno, Jennings, nunca nos volveremos a ver —alargó la mano—. Ha sido un placer trabajar con usted, porque trabajamos juntos. Codo con codo. Es usted uno de los mejores técnicos que he conocido. No nos equivocamos al contratarle, incluso por ese sueldo. Nos lo ha devuelto por centuplicado... aunque no lo sepa.
—Me alegro de que invirtieran bien su dinero.
—Parece enfadado.
—No, sólo intento acostumbrarme a la idea de ser dos años más viejo.
—Aún es muy joven —rió Rethrick—. Y se sentirá mejor cuando ella le entregue la paga.
Bajaron en la pequeña pista de aterrizaje situada en el tejado del edificio en el que estaba enclavada la oficina de Nueva York. Rethrick le guió hasta el ascensor. Jennings experimentó un sobresalto cuando las puertas se cerraron tras él. El ascensor era lo último que recordaba. Y luego, el vacío más absoluto.
—Kelly se alegrará de verle —dijo Rethrick cuando entraron en el vestíbulo iluminado—. De vez en cuando preguntaba por usted.
—¿Por qué?
—Dice que usted es muy atractivo.
Rethrick tecleó una clave en una puerta, que se abrió silenciosamente. Entraron en la lujosa oficina de Construcciones Rethrick. Una joven, sentada tras un amplio escritorio de caoba, estudiaba unos informes.
—Kelly —dijo Rethrick—, mira a quién tenemos aquí.
La joven levantó los ojos y sonrió.
—Hola, señor Jennings. ¿Cómo se siente uno cuando vuelve al mundo?
—Bien. —Jennings se acercó—. Rethrick dice que usted me va a pagar.
Rethrick palmeó la espalda de Jennings.
—Hasta luego, amigo mío. Volveré a la fábrica. Si alguna vez necesita mucho dinero en poco tiempo, venga y firmaremos un nuevo contrato.
Jennings asintió con la cabeza. Se sentó ante el escritorio y cruzó las piernas. Kelly abrió un cajón y empujó la silla hacia atrás.
—Muy bien. Ha expirado el plazo y Construcciones Rethrick va a cumplir su compromiso. ¿Lleva encima la copia del contrato?
Jennings sacó un sobre del bolsillo y lo depositó sobre el escritorio.
—Aquí está.
Kelly extrajo del cajón una bolsita de tela y algunas hojas de papel escritas a mano, que leyó con expresión concentrada.
—¿Qué ocurre?
—Me parece que va a recibir una sorpresa. —Kelly le devolvió el contrato—. Léalo otra vez.
—¿Por qué? —Jennings abrió el sobre.
—Hay una cláusula alternativa: «Si la parte contratante de la segunda parte así lo desea, a lo largo del tiempo de contrato con la antes mencionada Compañía de Construcciones Rethrick...».
—«Si así lo desea, en lugar de la cantidad de dinero especificada, puede elegir, según su voluntad, artículos o productos que, en su opinión, equivalgan a la cantidad...»
Jennings se apoderó de la bolsita, la abrió y vertió el contenido en su palma. Kelly le observaba.
—¿Dónde está Rethrick? —Jennings se levantó—. Si ésta es su idea de...
—Rethrick no tiene nada que ver con esto. Usted lo sugirió. Mire aquí. —Kelly le pasó las hojas—. De su puño y letra. Léalo. Fue idea suya, no nuestra, se lo aseguro. Sucede a menudo con la gente que contratamos. Durante su período deciden cambiar el dinero por otra cosa. El porqué no lo sé, pero luego se olvidan, a pesar de que hayan acordado...
Jennings examinó las hojas. Era su letra, no había duda. Le temblaban las manos.
—No puedo creerlo, aunque sea mi letra —dobló los papeles y apretó la mandíbula—. Me hicieron algo mientras volvía. Jamás habría estado de acuerdo con esto.
—Debió de tener una razón. Admito que carece de sentido, pero usted ignora los factores que le hicieron cambiar de opinión, antes de que borraran sus recuerdos. No es el primero; ha habido otros antes que usted.
Jennings miró lo que sostenía en la palma de la mano. Había sacado algunos objetos de la bolsa de tela: una llave codificada, un fragmento de billete, el recibo de un paquete, un trozo de alambre muy delgado, una ficha de póquer partida por la mitad, un fragmento de tela verde, una ficha de autobús.
—Todo esto en lugar de cincuenta mil créditos —murmuró—. Dos años...
Salió del edificio y se zambulló en la concurrida calle. Seguía aturdido, aturdido y confuso. ¿Le habrían estafado? Palpó en su bolsillo las baratijas, el alambre, el trozo de billete, todo lo demás. ¡Eso a cambio de dos años de trabajo! Pero había visto, escrita de su puño y letra, la declaración de renuncia, la demanda de sustitución. Como en el cuento de Juan y las habichuelas. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué le habría impulsado a hacerlo?
Caminó por la acera y, al llegar a la esquina, se detuvo para dejar paso a un taxi de superficie.
—Muy bien, Jennings. Suba.
La cabeza le rodaba. La puerta del taxi estaba abierta. Un hombre le apuntaba con un rifle de energía directamente a la cara. Un hombre vestido de verde azulado: la Policía de Seguridad.
Jennings subió. Los cierres magnéticos de la puerta la aseguraron cuando hubo entrado. Una cripta. El taxi se deslizó por la calle. Jennings se reclinó en el asiento. El hombre de la PS bajó el arma. Un segundo agente le registró expertamente. Le quitó el billetero y las baratijas, el sobre y el contrato.
—¿Qué lleva encima? —preguntó el conductor.
—Un billetero, dinero y un contrato con Construcciones Rethrick. No lleva armas —le devolvió a Jennings sus efectos personales.
—¿Qué significa esto?
—Queremos hacerle algunas preguntas, eso es todo. ¿Ha trabajado para Rethrick?
—Sí.
—¿Dos años?
—Casi dos años.
—¿En la fábrica?
—Creo que sí —asintió Jennings.
—¿Dónde esta la fábrica, señor Jennings? —el oficial se inclinó sobre él—. ¿Dónde se halla emplazada?
—No lo sé.
Los dos oficiales intercambiaron una mirada. El primero se humedeció los labios con una expresión dura e inquisitiva en el rostro.
—¿No lo sabe? Una pregunta más, la última. En estos dos años. ¿qué clase de trabajo ha llevado a cabo? ¿Qué hacía?
—Mecánica. Reparaba máquinas electrónicas.
—¿Qué tipo de máquinas electrónicas?
—No lo sé. —Jennings le miró y no pudo reprimir una sonrisa irónica—. Lo siento, pero no lo sé. Le digo la verdad.
Se hizo el silencio.
—No entiendo qué quiere decir. ¿Intenta insinuar que ha estado trabajando con máquinas durante dos años sin saber qué eran? ¿Sin saber dónde estaba?
—¿Qué significa todo esto? —se indignó Jennings—. ¿Por qué me han detenido? No he hecho nada. He estado...
—Lo sabemos. No le hemos arrestado. Necesitamos cierta información sobre Construcciones Rethrick. Ha trabajado para ellos, en su fábrica, en un cargo importante. ¿Es usted ingeniero electrónico?
—Sí.
—¿Se dedica a reparar computadoras de alta calidad y equipo adicional? —El oficial consultó su libreta de notas—. Por lo que veo, está considerado uno de los mejores del país.
Jennings no dijo nada.
—Díganos las dos cosas que queremos saber y le soltaremos al instante. ¿Dónde está la fábrica de Rethrick? ¿A qué se dedica? Se ocupó de las máquinas por encargo suyo. ¿no? ¿No es cierto? Durante dos años.
—No lo sé. Supongo que sí. No tengo ni idea de lo que he hecho durante estos dos años, me crean o no.
Jennings no despegaba la mirada del suelo.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó el conductor por fin—. No nos dieron más instrucciones.
—Llevémosle a la Central. Aquí no podemos continuar el interrogatorio.
Hombres y mujeres atestaban las aceras. El tráfico era intenso, bloqueado por los vehículos de superficie que transportaban a los trabajadores a sus hogares en el campo.
—Jennings, ¿por qué no nos responde? ¿Qué le pasa? No existe razón alguna que le impida proporcionarnos una información tan simple. ¿No desea cooperar con su gobierno? ¿Por qué nos oculta datos?
—Lo diría si lo supiera.
El oficial gruñó. Nadie pronunció una palabra. El taxi se detuvo ante un gran edificio de piedra. El conductor desconectó el motor, quitó la cápsula de control y se la guardó en el bolsillo. Tocó la puerta con la llave codificada y los cierres magnéticos se soltaron.
—¿Qué hacemos con él, lo metemos dentro? Ahora no...
—Espera.
El conductor salió y los otros dos le acompañaron después de cerrar las puertas. Se quedaron hablando frente a la entrada de la Dirección General de Seguridad.
Jennings seguía sentado en silencio. La PS quería saber algo acerca de Construcciones Rethrick. Bien, no podía decirles nada. Habían elegido a la persona menos adecuada, pero ¿cómo lo probaría? Su relato sería juzgado inverosímil. Dos años borrados de su memoria. ¿Quién lo creería? Incluso a él le resultaba increíble.
Su mente retrocedió al momento en que había leído el anuncio por primera vez: «Se precisa técnico», y una descripción general, vaga e indirecta del trabajo, pero suficientemente explícita como para indicarle que estaba en su línea. ¡Y vaya salario! Entrevistas en la oficina, tests, formularios... y luego el gradual convencimiento de que Construcciones Rethrick le sometía a una rigurosa investigación, mientras que él no sabía nada de ellos. ¿A qué se dedicaban? Construcción, de acuerdo. pero ¿de qué clase? ¿Qué tipo de máquinas utilizaban? Cincuenta mil créditos en dos años...
Y había terminado con los recuerdos borrados. Dos años de los que no recordaba nada. Eso fue lo que más le costó aceptar del contrato, pero lo había hecho.
Jennings miró por la ventanilla. Los tres oficiales continuaban discutiendo en la acera, tratando de decidir lo que harían con él. Se hallaba en un aprieto. Pedían una información que no podía darles, que desconocía. ¿Cómo podía probarlo? ¿Cómo podía probar que había trabajado dos años y que, al terminar, sabía lo mismo que al principio? La PS le presionaría. Pasaría mucho tiempo antes de que le creyeran, y para entonces...
Buscó con desesperación alguna vía de escape. Volverían en un instante. Tocó la puerta. Clausurada con cierres magnéticos de tres anillas. Las conocía de sobra, había diseñado parte del dispositivo. No había forma de abrir las puertas sin la llave codificada, a menos que provocara un cortocircuito en el cerrojo. Pero ¿con qué?
Registró sus bolsillos. ¿Qué podía utilizar? Existía una débil esperanza en caso de volar los cerrojos: Las calles estaban llenas de gente que volvía a sus casas después de trabajar. Eran más de las cinco; los grandes edificios de oficinas estaban cerrando las puertas y el tráfico era intenso. No se atreverían a dispararle si escapaba...; si conseguía escapar.
Los tres oficiales se separaron. Uno subió la escalera de la Dirección General. Los demás no tardarían en volver al vehículo. Jennings sacó del bolsillo la llave codificada, el trozo de billete y el alambre. ¡El alambre! Un alambre fino, fino como un cabello. ¿Sería aislante? Lo desenredó y comprobó que no.
Se arrodilló y palpó con sus dedos expertos la superficie de la puerta. Descubrió que una estrecha ranura separaba el cerrojo de la puerta. Introdujo con mucha delicadeza el extremo del alambre por el casi invisible espacio y lo hundió unos pocos centímetros. El sudor resbalaba por su frente. Movió el alambre un poco más y lo torció. Contuvo el aliento. El relé debería...
Una chispa.
Se arrojó con todo su peso contra la puerta, deslumbrado. La puerta cedió. Salía humo del cerrojo. Jennings se desplomó sobre la calle y se puso en pie de un salto. Los coches hacían sonar el claxon y se arremolinaban en torno a él. Se refugió tras un camión cargado de mercancías, en medio del tráfico. Observó con el rabillo del ojo que los hombres de la PS venían en su dirección.
Un bamboleante autobús se aproximó, atestado de pasajeros. Jennings cerró la mano en torno a la barandilla posterior y se izó a la plataforma. Rostros asombrados como pálidas lunas volvieron los ojos para mirarle. El conductor robot, zumbando con irritación, se acercó.
—Señor... —empezó el conductor. El autobús redujo la velocidad—. Señor. no está permitido...
—Está bien.
Jennings experimentó un extraño júbilo. Un momento antes estaba atrapado. sin posibilidad alguna de escapar. Dos años de su vida perdidos para nada. La Policía de Seguridad le había arrestado, exigiéndole una información que no podía dar. ¡Una situación desesperada! Pero ahora las piezas empezaban a encajar en su mente.
Sacó del bolsillo la ficha de autobús y la introdujo en la ranura del Conductor.
—¿Vale?
El conductor vaciló, y luego el autobús avanzó y aumentó la velocidad. El conductor, apaciguado, dio media vuelta. Todo iba bien. Jennings se abrió paso entre los pasajeros que estaban de pie y buscó un asiento. Necesitaba sentarse para poder pensar.
Tenía mucho en qué pensar. Su mente no descansaba.
El autobús se adentró en el espeso tráfico urbano. Jennings apenas tenía conciencia de la gente que le rodeaba. Era indudable que no le habían estafado; la decisión había sido suya exclusivamente. Por sorprendente que fuera, después de dos años de trabajo, había preferido un puñado de baratijas a cincuenta mil créditos. Y, aún más sorprendente. el puñado de baratijas le estaba siendo de mayor utilidad que el dinero.
Había escapado de la Policía de Seguridad con la ayuda de un trozo de cable y de una ficha de autobús. El dinero no le habría servido de nada una vez hubiera desaparecido tras los muros del gran edificio de piedra, ni siquiera cincuenta mil créditos. Y aún le quedaban otras cinco baratijas. Rebuscó en el bolsillo: cinco cosas más. Había utilizado dos. ¿Para qué le servirían las otras? ¿Serían igual de importantes?
El gran enigma era: ¿cómo había sabido él —su yo anterior— que un trozo de alambre y una ficha de autobús le salvarían la vida? Lo cierto es que lo había sabido, lo había sabido de antemano. Pero ¿cómo? Por pura deducción, las otras cinco también le serían de suma utilidad.
El Jennings de los últimos dos años había sabido cosas que ahora había olvidado, cosas que la compañía había borrado de su memoria, como una máquina de sumar cuando se desconecta. Ya no poseía ninguna información de aquel período, salvo las siete baratijas, cinco de las cuales guardaba en su bolsillo.
Pero el auténtico problema actual no era puramente especulativo, sino muy concreto. La Policía de Seguridad le buscaba. Tenían su nombre y descripción. Descartó de inmediato acudir a su apartamento, suponiendo que aún tuviera un apartamento. Pero ¿adónde iría, entonces? ¿Hoteles? La PS los registraría a diario. ¿Amigos? Supondría arriesgar sus vidas, al igual que la suya. Sólo era cuestión de tiempo que la PS diera con él mientras paseaba por la calle, comía en un restaurante, presenciaba un espectáculo o dormía en alguna pensión. La PS estaba en todas partes.
¿En todas partes? No era del todo cierto. Un individuo se halla indefenso, pero una empresa no. Las grandes fuerzas económicas se las habían arreglado para tener las manos libres, a pesar de que casi todo lo demás había sido absorbido por el gobierno. Leyes de las que se había despojado a los particulares aún protegían a la industria y a la propiedad. La PS podía detener a cualquier persona, pero no apoderarse de una compañía o de una empresa: así se había establecido a mediados del siglo veinte.
Negocios, industrias y corporaciones estaban a salvo de la Policía de Seguridad. Se requería un proceso legal. Construcciones Rethrick estaban en el punto de mira de la PS, pero no podían hacer nada hasta que se violara algún estatuto. Si conseguía llegar hasta la Compañía y traspasar sus puertas, se encontraría a salvo. Jennings sonrió con amargura. El nuevo santuario, la moderna Iglesia. El Gobierno contra la Corporación, en lugar del Estado contra la Iglesia. La nueva Notre Dame del mundo, que cortaba el paso a la ley.
¿Le aceptaría de nuevo Rethrick? Sí, o al menos eso había afirmado. Dos años más de su vida, y luego el regreso. ¿Le sería de alguna ayuda? Palpó el bolsillo que contenía las restantes baratijas. Estaba claro que las había guardado con el propósito de usarlas. No, no volvería a Construcciones Rethrick para firmar un contrato similar al anterior. Necesitaba algo más permanente. Reflexionó unos momentos. Construcciones Rethrick. ¿Qué construían? ¿Qué había él averiguado en el curso de esos dos años? ¿Y por qué estaba la PS tan interesada?
Sacó los cinco objetos y los examinó. El fragmento de tela verde, la llave codificada, el trozo de billete, el recibo del paquete, la ficha de póquer partida por la mitad. Resultaba extraño que aquellos objetos insignificantes pudieran ser tan importantes.
Y Construcciones Rethrick estaba implicada.
No había duda. La respuesta, todas las respuestas, conducían a Rethrick. Pero ¿dónde se escondía Rethrick? No tenía ni idea del emplazamiento de la fábrica. Conocía la oficina, la gran y lujosa sala con la joven detrás del escritorio, pero eso no era Construcciones Rethrick. ¿Lo sabría alguien, además del propio Rethrick? Kelly no lo sabía. ¿Lo sabía la PS?
Lo único cierto es que estaba fuera de la ciudad; se había desplazado hasta allí en cohete. Probablemente se ubicaba en Estados Unidos, quizá en los terrenos de cultivo, en la campiña, alejada de las ciudades. ¡Qué situación tan complicada! En cualquier momento, la PS caería sobre él. La próxima vez no escaparía. Su única oportunidad de poder escapar era encontrar a Rethrick, así como su única oportunidad de averiguar lo que había sabido anteriormente. No recordaba dónde estaba la fábrica. Contempló las cinco baratijas. ¿Le serían de alguna ayuda?
Una oleada de desesperación le invadió. ¿Y si hubiera sido pura casualidad lo del cable y la ficha? ¿Y si...?
Examinó el recibo del paquete, le dio vueltas y lo alzó a la luz. Los músculos de su estómago se contrajeron de repente y su pulso se aceleró. Tenía razón: no había sido una coincidencia. El recibo del paquete llevaba fecha de dos días atrás. El paquete, fuera lo que fuese, aún no había sido entregado. Faltaban cuarenta y ocho horas.
Miró las demás cosas. El trozo de billete. ¿Para qué servía un trozo de billete? Estaba arrugado y doblado varias veces. No iría a ningún sitio con él, sólo le informaría de dónde había estado.
¡Dónde había estado!
Lo desdobló y alisó las arrugas. Las palabras impresas habían sido cortadas por la mitad:

PORTOLA T
STUARTS VI
IOW

Sonrió. Ahí había estado. Era sencillo rellenar los huecos. No había duda: también había previsto esto. Tres baratijas usadas; quedaban cuatro. Stuartsville, lowa. ¿Existía tal lugar? Miró por la ventanilla del autobús. La estación de cohetes interciudades estaba a una manzana de distancia. Llegaría en un segundo. Bastaría con una carrerilla, suponiendo que la Policía no le detuviera...
Sin embargo, intuyó que no lo harían, mientras guardara las otras cuatro cosas en el bolsillo. Se encontraría a salvo en cuanto pisara el cohete. Era lo bastante grande como para mantener a distancia a la PS. Jennings guardó las baratijas sobrantes en el bolsillo, se puso en pie y pulsó el timbre.
Un momento después descendió en la acera.

El cohete le condujo al límite de la ciudad. Aterrizó en una pequeña pista de color pardo. Algunos mozos de cuerda deambulaban acarreando maletas y buscando protegerse del calor.
Jennings se dirigió a la sala de espera y examinó a la gente corriente: obreros, hombres de negocios, amas de casa. Stuartville era una pequeña ciudad del Medio Oeste. Camioneros, universitarios.
Atravesó la sala de espera y salió a la calle. Existía una posibilidad de que la fábrica de Rethrick estuviera ubicada en la zona, en el caso de que hubiera utilizado el trozo de billete correctamente. De todas formas, había algo, de lo contrario no habría incluido el fragmento entre sus pertenencias.
Stuartsville, lowa. Un plan vago y nebuloso empezó a formarse en su mente. Caminó con las manos en los bolsillos y echó un vistazo a su alrededor. La sede de un periódico, restaurantes, hoteles, billares, una barbería, una tienda en la que reparaban televisores, un almacén de venta de cohetes de tamaño familiar, con enormes salas de exhibición. Y el teatro Portola al final de la manzana.
En las afueras de la ciudad se veían granjas y campos. Kilómetros y kilómetros de hierba verde. Algunos transportes aéreos centelleaban en el cielo, cargados de productos y equipos para las granjas. Una ciudad pequeña, insignificante, ideal para Construcciones Rethrick, perdida la fábrica en un lugar tan alejado de las ciudades importantes y de la PS.        
Jennings volvió sobre sus pasos. Entró en el restaurante Bob's Place.
Un joven con gafas se le acercó, mientras se secaba las manos en el delantal, cuando se sentó en la barra.
—Café —pidió Jennings.
—Café —el empleado le trajo la taza.
Había muy poca gente en el local. Un par de moscas zumbaban junto a la ventana.
Granjeros y amas de casa se dirigían tranquilamente a sus quehaceres.
—Oiga —dijo Jennings, revolviendo su café—, ¿dónde se puede encontrar trabajo por aquí?
—¿Qué clase de trabajo? —el joven se apoyó sobre el mostrador.
—Instalaciones eléctricas. Soy electricista. Televisiones, computadoras, cohetes, todo eso.
—¿Por qué no prueba en las grandes zonas industriales? Detroit, Chicago, Nueva York...
—No me gustan las grandes ciudades —Jennings meneó la cabeza—. Nunca me quedo demasiado tiempo en ellas.
—A mucha gente de aquí le gustaría trabajar en Detroit —rió el joven—. ¿Es usted electricista?
—¿Hay alguna fábrica en las cercanías? ¿Tiendas de reparación?
—No, que yo sepa —el joven se alejó para atender a un nuevo cliente.
Jennings tomó su café. ¿Había cometido un error? Quizá debería dejarlo correr y abandonar Stuartsville, Iowa. Quizá había extraído conclusiones equivocadas del trozo de billete, pero éste significaba algo, aunque estuviera equivocado en todo. Y, además, era un poco tarde para arrepentirse.
El camarero regresó.
—¿Puedo conseguir algún tipo de trabajo aquí? —preguntó Jennings—. Lo justo para ir tirando.
—Siempre hay trabajo en las granjas.
—¿Y reparaciones? Garajes, televisores...
—Hay una tienda de reparación de televisores bajando por esta misma calle; pregunte allí. Podría intentarlo. El trabajo en las granjas está bien pagado, porque la mayoría de los hombres disponibles visten uniforme. ¿Le gustaría echar heno?
Jennings rió y pagó el café.
—No mucho, pero se lo agradezco.
—A veces, algunos hombres van a trabajar carretera arriba, en una especie de instalación gubernamental.
Jennings asintió con la cabeza. Abrió la puerta y salió a la calle. Vagó sin rumbo durante un rato, sumido en sus pensamientos, perfilando su nebuloso plan. Era un plan magnífico, que resolvería todos sus problemas a la vez. Pero, antes que nada, era fundamental hallar el paradero de Construcciones Rethrick. Y sólo tenía una pista, si es que se trataba de una pista, para orientarse: el fragmento de billete, doblado y arrugado, que guardaba en el bolsillo. Y la fe de que sabía de antemano lo que estaba haciendo.
Una instalación gubernamental. Jennings se detuvo y miró a su alrededor. Había una parada de taxis al otro lado de la calle; dos taxistas esperaban fumando y leyendo el periódico. Valía la pena probar, no había nada que perder. Rethrick se resguardaría tras una falsa fachada. Nadie haría preguntas si pasaba por ser un proyecto del gobierno. Estaban demasiado acostumbrados a que los proyectos del gobierno se llevaran adelante en secreto.
Se acercó al primer taxi.
—Perdone, ¿podría hacerle una pregunta?
—¿Qué se le ofrece? —preguntó el taxista.
—Me han dicho que hay trabajo en las instalaciones del gobierno. ¿Es cierto?
El taxista asintió con un gesto después de examinarle.
—¿De qué trabajo se trata?
—No lo sé.
—¿Dónde puedo apuntarme?
—No lo sé.
El taxista volvió la atención al periódico.
—Gracias.
Jennings se alejó.
—Sólo contratan personal de vez en cuando, gente muy seleccionada. Debería probar en otra parte.
—De acuerdo.
El segundo taxista salió de su vehículo.
—Sólo contratan trabajadores temporales, amigo, y punto. Y los eligen con mucho cuidado. Muy pocos pasan la prueba. El trabajo tiene algo que ver con la guerra.
Jennings se puso en guardia.
—¿Alto secreto?
—Vienen a la ciudad y reclutan unos cuantos obreros de la construcción, hasta llenar un camión. Eso es todo. Se lo piensan muy bien antes de escoger a alguien.
Jennings avanzó hacia el taxista.
—¿Es eso cierto?
—El lugar es enorme. Paredes de acero electrificadas, guardias armados, se trabaja continuamente, día y noche... Pero nadie puede entrar. Está sobre lo alto de la colina, al final de la vieja carretera Henderson, a unos cinco kilómetros. —El taxista se palmeó el hombro—. No se puede entrar sin identificación. Los trabajadores que contratan deben identificarse en todo momento, ¿entiende?
Jennings miró fijamente al taxista. Estaba trazando una línea sobre su hombro. De repente, comprendió. Una oleada de alivio le invadió.
—Claro —respondió—, ya sé a qué se refiere. Bueno, al menos me lo imagino. —Buscó en su bolsillo y extrajo las cuatro baratijas. Desdobló el fragmento de tela verde y lo sostuvo en alto—. ¿Es algo así?
Los taxistas estudiaron la muestra.
—Perfecto —dijo uno de ellos, sin apartar la vista de la tela—. ¿Dónde lo consiguió?
—Me lo dio un amigo —rió Jennings.
Devolvió el fragmento a su bolsillo.
Empezó a caminar en dirección a la pista de aterrizaje. Ya había dado el primer paso, pero le quedaban muchas cosas por hacer. Había localizado a Rethrick, y las baratijas le iban a ser de mucha utilidad, una para cada crisis. ¡Una bolsa milagrosa procedente de alguien que conocía el futuro!
Para el siguiente paso necesitaba colaboración, no podía darlo solo.
Pero ¿quién? Reflexionó mientras entraba en la sala de espera de la estación de cohetes. Sólo podía acudir a una persona, lo que comportaba un riesgo elevado, pero debía afrontar el reto. Si la fábrica de Rethrick se hallaba aquí, es posible que Kelly también...

La calle estaba a oscuras. Un poste de alumbrado destellaba a intervalos en la esquina. Pasaban muy pocos vehículos.
Una forma menuda surgió de la entrada del edificio de apartamentos, una joven que llevaba chaqueta y un bolso en la mano. Jennings la observó al pasar junto al poste. Kelly McVane iba a alguna parte, probablemente a una fiesta. Vestida con una elegante chaqueta corta y un sombrero, sus tacones altos repiqueteaban en el pavimento.
Se deslizó fuera de las sombras ante ella.
—Kelly.
Ella se volvió al instante con la boca abierta.
—¡Oh!
—No se preocupe —la cogió por el brazo—. Soy yo. ¿Adónde va, tan bien vestida?
—A ningún sitio —parpadeó ella—. Caramba, me ha dado un susto. ¿Qué pasa? ¿A qué viene esto?
—Nada. ¿Puede dedicarme unos minutos? Quiero hablar con usted.
—Ya me lo imagino —asintió Kelly—. ¿Adónde iremos?
—A cualquier sitio donde podamos hablar. No quiero que nadie nos escuche.
—¿Paseamos?
—No. La Policía...
—¿La Policía?
—Me buscan.
—¿A usted? ¿Porqué?
—No nos quedemos aquí —dijo Jennings con semblante preocupado—. ¿Adónde podemos ir?
—Podemos ir a mi apartamento —propuso Kelly tras una corta vacilación—. Estaremos solos.
Subieron en el ascensor. Kelly desbloqueó la puerta con la llave codificada. Cuando entraron, la calefacción y las luces se encendieron automáticamente. Ella cerró la puerta y se quitó la chaqueta.
—No me quedaré mucho rato —dijo Jennings.
—Está bien. Le prepararé una copa.
Fue a la cocina y Jennings se sentó en el sofá. Paseó la mirada por el pequeño y limpio apartamento. La chica regresó en seguida. Se sentó a su lado, y Jennings tomó su copa. Whisky escocés con agua fría.
—Gracias.
—De nada —sonrió Kelly. Ambos permanecieron un rato en silencio—. ¿Y bien? ¿Qué le ocurre? ¿Por qué le busca la Policía?
—Quieren averiguar algo acerca de Construcciones Rethrick. Yo no soy más que un simple peón en todo esto. Piensan que sé algo porque trabajé dos años en la fábrica de Rethrick.
—¡Pero usted no sabe nada!
—No puedo probarlo.
Kelly alargó la mano y tocó la cabeza de Jennings, justo sobre la oreja.
—Palpe aquí, en ese preciso lugar.
Jennings obedeció y notó una pequeña zona endurecida sobre la oreja, oculta bajo el cabello.
—¿Qué es esto?
—le practicaron una incisión en el cráneo y extrajeron un diminuto fragmento de cerebro: sus recuerdos de dos años. Los localizaron y los destruyeron. Ni siquiera la PS conseguiría que recordara. Están perdidos para siempre; ya no son suyos.
—No quedará mucho de mí cuando por fin se den cuenta.
Kelly no dijo nada.
—Ya ve el apuro en que me encuentro. Lo mejor sería poder recordar, así podría hablar con ellos y...
—¡Y destruir a Rethrick!
—¿Por qué no? —Jennings se encogió de hombros—. Rethrick no significa nada para mí. Ni siquiera sé lo que hacen. ¿Por qué se halla la Policía tan interesada? Desde el principio, todo ese misterio, el lavado de cerebro...
—Existe una razón. Una buena razón.
—¿Sabe por qué?
—No —Kelly agitó la cabeza—, pero estoy segura de que hay una razón. Si la PS está interesada, es que hay un motivo —posó el vaso sobre la mesa y te miró a los ojos—. Odio a la Policía. Todos la odiamos, nos persigue sin cesar. No sé nada sobre Rethrick; en caso contrario, mi vida peligraría. Muy pocas cosas protegen a Rethrick, apenas un puñado de leyes. Nada más.
—Tengo la impresión de que Rethrick significa mucho más que cualquier otra compañía de construcciones que la PS desee controlar.
—supongo que sí, pero no sé nada. Soy una simple recepcionista. Nunca he estado en la fábrica, ni sé dónde está.
—Pero no desea que le suceda nada.
—¡Claro que no! Luchan contra la Policía. Cualquiera que luche contra la Policía está de nuestro lado.
—¿De veras? Ya he oído antes comentarios parecidos. Hace unas décadas, cualquiera que combatiera el comunismo se convertía automáticamente en un buen ciudadano. Bien. el tiempo tiene la palabra. En lo que a mí respecta, soy un individuo atrapado entre dos fuerzas despiadadas: gobierno y negocios. El gobierno posee hombres y poder. Construcciones Rethrick, tecnología. Ignoro lo que hacen con ella, al menos desde hace unas semanas. Ahora cuento apenas con ideas vagas y unas pocas pistas. Y una teoría.
—¿Una teoría?
—Y un puñado de baratijas. Siete. Ahora, sólo tres o cuatro, puesto que he utilizado algunas. Son la base de mi teoría. Si Rethrick está haciendo lo que creo que hace. empiezo a entender el interés de la PS. De hecho, comparto su interés.
—¿Qué hace Rethrick?
—Está desarrollando una máquina para explorar el tiempo.
—¿Qué?
—Un rastreador temporal. Ha sido teóricamente posible durante varios años, pero es ilegal experimentar con rastreadores y espejos temporales. Es un delito y, si te cogen, todo el equipo y los datos pasan a pertenecer al gobierno. Por eso el gobierno está tan interesado —sonrió con amargura Jennings—. Si pueden apoderarse de los bienes de Rethrick.
—Un rastreador temporal. Es difícil de creer.
—¿Cree que me equivoco?
—No lo sé. Tal vez. No es usted el primero en aceptar como paga del contrato una bolsita de tela que contiene objetos diversos. ¿Cómo los ha utilizado?
—Primero, el alambre y la ficha de autobús para escapar de la Policía. Aunque parezca inverosímil, de no ser por ellos aún estaría en la Dirección General. Un trozo de alambre y una ficha de diez centavos. Lo curioso es que nunca suelo llevar encima cosas parecidas.
—Viajar por el tiempo...
—No, no se trata de viajar por el tiempo. Berkowsky demostró que era imposible. Es un rastreador temporal, un espejo para ver y una pala para recoger cosas. Al menos una de estas baratijas viene del futuro..
—¿Cómo lo sabe?
—Lleva una fecha. Quizá las otras no. Fichas de autobús y alambres son objetos muy normales. Una ficha es tan buena como otra. Él debe de haber usado un espejo.
»Debí usar un espejo cuando trabajaba para Rethrick. Indagué en mi propio futuro. Si me encargaba de reparar el equipo, casi era lógico que lo hiciera. Miré en el futuro y vi lo que iba a suceder: la PS me detendría. Al verlo, también debí de ver para qué servirían un trozo de alambre y una ficha de autobús... si los llevaba encima en el momento adecuado.
Kelly reflexionó unos instantes.
—Bueno, ¿qué quiere de mí?
—Ahora ya no estoy seguro. ¿De veras considera a Rethrick una institución bondadosa que lucha contra la Policía? Una especie de Rolando en Roncesvalles...
—¿Qué importa lo que piense de la Compañía?
—Importa, y mucho. Importa mucho porque quiero que usted me ayude —Jennings terminó su bebida y apartó el vaso—. Voy a hacer chantaje a Construcciones Rethrick.
Kelly le miró, asombrada.
—Es mi única oportunidad de seguir con vida. Presionar a Rethrick para que me deje entrar en la fábrica, imponiendo ciertas condiciones. Es el único lugar en donde me puedo esconder. Tarde o temprano, la Policía me detendrá. Si no vuelvo a la fábrica, y pronto...
—¿Ayudarle a hacer chantaje a la Compañía? ¿Destruir Rethrick?
—No, destruirla no. No quiero destruirla, ya que mi vida depende de la Compañía. Mi vida depende de lo fuerte que sea Rethrick para desafiar a la PS. Poco importa lo fuerte que sea Rethrick si continúo afuera, ¿entiende? Quiero entrar, quiero entrar antes de que sea demasiado tarde, y quiero hacerlo con condiciones, no como un simple trabajador temporal al que se da una patada pasados dos años.
—Para que la Policía lo detenga.
—Exacto —asintió Jennings.
—¿Cómo va a hacer chantaje a la Compañía?
—Entraré en la fábrica y me llevaré el material suficiente para probar que Rethrick ha puesto en funcionamiento un rastreador temporal.
—¿Entrar en la fábrica? —se burló Kelly—. Primero tendrá que encontrar la fábrica. La PS la ha estado buscando durante años.
—Ya la he encontrado. —Jennings se reclinó en la silla y encendió un pitillo—. La he localizado con mis baratijas. Y con las cuatro que me quedan conseguiré entrar, y obtener lo que deseo. Sacaré papeles y fotografías que pondrán a Rethrick contra las cuerdas, aunque no quiero que cuelguen a Rethrick. Sólo quiero negociar. Y ahí es donde entra usted.
—¿Yo?
—Usted no acudirá a la Policía. Necesito alguien que oculte el material por mí. En cuanto lo tenga he de entregarlo a alguien, alguien que lo esconda donde yo no pueda encontrarlo.
—¿Por qué?
—Porque en cualquier momento puedo ser detenido por la PS —explicó con serenidad Jennings—. No tengo el menor cariño por Rethrick. pero tampoco deseo que lo liquiden; por eso debe ayudarme. Usted retendrá el material mientras negocio con Rethrick. En caso contrario, lo guardaré yo mismo, y si lo encuentran...
Kelly miraba al suelo con la cara tensa y preocupada.
—¿Y bien? ¿Qué me contesta? ¿Me ayudará o tendré que arriesgarme a que la PS me detenga con las pruebas, datos suficientes para destruir a Rethrick? ¿Se decide? ¿Quiere ver cómo aniquilan a Rethrick? ¿Qué me responde?

Ambos se acuclillaron y contemplaron la colina que se alzaba más allá de los campos. Era una colina desnuda de toda vegetación, nada crecía en sus laderas. Una valla de alambre electrificado, tras la que montaba guardia un patrullero armado con casco y fusil, impedía el acceso a la cima.
Un enorme bloque de hormigón en forma de torre, sin puertas ni ventanas, se distinguía sobre la cumbre. El sol de la mañana arrancaba reflejos de la fila de cañones montados sobre el tejado.
—Así que eso es la fábrica —musitó Kelly.
—Exacto. Se necesitaría un ejército para atacar la colina y apoderarse del edificio..., a menos que se le permitiera el paso.
Jennings se levantó y ofreció la mano a Kelly. Bajaron por un sendero flanqueado de árboles hacia el lugar en que Kelly había ocultado el vehículo.
—¿De veras piensa que ese pedazo de tela verde le ayudará a entrar? —dijo Kelly, sentándose tras el volante.
—A juzgar por lo que afirma la gente de la ciudad, un camión lleno de trabajadores se dirigirá a la fábrica en algún momento de la mañana. Los hombres bajan del camión a la entrada y son registrados. Si todo está en orden, se les permite el acceso a las instalaciones. Obreros, albañiles... Cuando la jornada termina les conducen de nuevo a la ciudad.
—¿Le servirá de algo?
—Al menos cruzaré la verja.
—¿Cómo llegará al rastreador temporal? Debe de estar dentro del edificio, bien protegido.
Jennings extrajo del bolsillo una pequeña llave codificada.
—Esto será mi pasaporte. Confío en que funcione.
Kelly cogió la llave y la examinó.
—Una de sus baratijas... Deberíamos haber examinado con más detenimiento su bolsa de tela.
—¿Deberíamos?
La Compañía. Han pasado varias bolsitas de ésas por mis manos. Rethrick nunca me dijo nada.
—Es posible que la Compañía diera por hecho que nadie querría volver a ingresar —Jennings recuperó la llave—. ¿Recuerda lo que ha de hacer?
—He de quedarme en el coche hasta que usted vuelva. Me entregará el material, me lo llevaré a Nueva York y esperaré a que entré en contacto conmigo.
—Exacto. —Jennings miró la lejana carretera que conducía a la puerta de la fábrica—. Aquí me bajo. El camión aparecerá de un momento a otro.
—¿Y si se les ocurre contar el número de obreros?
—Tendré que arriesgarme, pero no me preocupa. Estoy seguro de que él lo anticipó todo.
—Usted y su amigo, su misericordioso amigo —sonrió Kelly—. Espero que él le diera las cosas suficientes para poder escapar después de robar las fotografías.
—¿De veras?
—¿Por qué no? Siempre me gustaste, desde el primer momento; ya lo sabes.
Jennings salió del coche. Iba vestido con un mono, zapatos gruesos y una camiseta gris.
—Nos veremos más tarde, si todo va bien. Ojalá sea así —palmeó sus bolsillos—. Aquí llevo mis amuletos, mis imprescindibles amuletos.
Se abrió paso con rapidez entre los árboles.
El bosquecillo conducía hasta la misma cuneta de la carretera. Se ocultó, a la espera. Los guardias de la fábrica examinaban cada palmo de terreno. Habían despejado de vegetación la colina para divisar a cualquiera que se aproximara. Y también había advertido que tenían focos infrarrojos.
Jennings se agachó y vigiló la carretera. Justo enfrente de la puerta se levantaba una barrera. Consultó su reloj: las diez y media. Le aguardaba una larga espera. Intentó relajarse.
Pasaban de las once cuando el camión se aproximó por la carretera, entre estertores y jadeos.
Jennings se puso en acción. Sacó el trozo de tela verde y lo ató alrededor de su brazo. El camión estaba cada vez más cerca. Podía ver su cargamento de hombres ataviados con camisas de franela y tejanos que se balanceaban con los movimientos convulsivos del camión. Todos portaban una banda de tela verde alrededor del brazo. Hasta ahora, todo iba bien.
El camión aminoró la velocidad y frenó ante la barrera. Los hombres bajaron a la carretera, levantando nubes de polvo bajo el ardiente sol de mediodía. Se frotaron el polvo de los pantalones y algunos encendieron cigarrillos. Dos guardias se acercaron desde detrás de la barrera. Jennings se puso tenso. La ocasión se presentaría dentro de un momento.
Los guardias examinaron los distintivos verdes de los hombres, sus rostros. y pidieron las tarjetas de identificación a unos cuantos.
La barrera fue levantada y la puerta se abrió. Los guardias volvieron a sus puestos.
Jennings, resguardado tras los matorrales, corrió hacia la carretera. Los hombres aplastaban sus cigarrillos y trepaban de nuevo al camión. El conductor encendió el motor y sacó el freno. Jennings, aprovechando que los guardias no podían verle, se deslizó fuera de su escondite y corrió hacia el camión.
Los hombres le contemplaron con curiosidad cuando subió, casi sin aliento. Hombres del campo, de rostros bronceados y surcados de arrugas. Jennings se sentó entre dos fornidos campesinos, que no repararon en su presencia. No se había afeitado y olía mal. No se diferenciaba en nada de los demás, pero si hacían un recuento...
El camión atravesó la puerta, que se cerró tras él, y penetró en el recinto. El camión, oscilando de un lado a otro, empezó a subir la empinada cuesta de la colina. La enorme mole de hormigón aumentaba de tamaño a cada momento. ¿Por dónde entrarían? Jennings la contempló, fascinado. Una estrecha rendija apareció en el muro, que revelaba un oscuro interior que pronto iluminó una fila de luces artificiales.
El camión se detuvo. Los obreros empezaron a bajar otra vez, y al instante fueron rodeados por algunos técnicos.
—¿Adónde va destinada esta cuadrilla? —preguntó uno.
—Ahí adentro, a cavar —señaló otro con el dedo pulgar—. Van a cavar de nuevo. Envíales adentro.
El corazón de Jennings dio un salto. ¡Iba a entrar! Se palpó el cuello, en el lugar donde colgaba una cámara plana como un babero, por debajo de la camiseta. Sabía que estaba allí, pero apenas podía sentirla. Tal vez sería más fácil de lo que había imaginado.
Jennings se unió al grupo de trabajadores. Atravesaron una puerta y desembocaron en un inmenso taller, atestado de largas mesas de trabajo, maquinaria a medio construir y grúas. El sonido era ensordecedor. La puerta se cerró a sus espaldas y les aisló del exterior. Ya estaba dentro de la fábrica, pero ¿dónde encontraría el rastreador y el espejo temporales?
—Por aquí —indicó el capataz. Los obreros se desviaron a la derecha. Un montacargas salió a su encuentro desde las entrañas del edificio—. Vais a ir abajo. ¿Quiénes de vosotros tienen experiencia con taladros?
Algunas manos se alzaron.
—Enseñaréis a los otros. Estamos removiendo la tierra con taladros y barrenos. ¿Alguien ha trabajado con barrenos?
Nadie levantó la mano. Jennings contempló las mesas de trabajo. ¿Habría trabajado en alguna de ellas, poco tiempo antes? Experimentó un escalofrío. ¿Y si alguien le reconocía? Quizá los técnicos...
—Vamos —les conminó el capataz, impaciente—, daos prisa.
Jennings subió en el montacargas con los demás. Descendieron por el negro pozo, abajo, abajo, hacia los niveles subterráneos de la fábrica. Construcciones Rethrick era grande, mucho más grande de lo que parecía por fuera, mucho más grande de lo que creía. Plantas, niveles subterráneos se sucedían sin cesar.
El ascensor frenó. Las puertas se abrieron. Se encontró frente a un largo pasillo. El piso estaba cubierto de una espesa capa de polvo y el aire era húmedo. Los trabajadores salieron. De pronto, Jennings se puso rígido y dio un paso atrás.
Al final del pasillo, frente a una puerta de acero, Earl Rethrick conversaba con algunos técnicos.
—Todos fuera —gritó el capataz—. Vamos.
Jennings se ocultó detrás de los otros. ¡Rethrick! Su corazón latía violentamente. Si Rethrick le veía, estaba acabado. Registró sus bolsillos. Portaba una diminuta pistola Boris, pero no le serviría de nada si le descubrían. En cuanto Rethrick reparara en su presencia, todo habría terminado.
—Por aquí.
El capataz les guió hasta lo que parecía un ferrocarril subterráneo. Los hombres ocuparon unas vagonetas. Jennings miró a Rethrick. Le vio gesticular con furia. El pasillo transportaba el débil sonido de su voz. Rethrick se volvió bruscamente. Alzó la mano y la gran puerta de acero situada detrás de él empezó a abrirse.
El corazón de Jennings casi cesó de latir.
Allí, protegido por la puerta de acero, se encontraba el rastreador temporal. Lo reconoció al instante: el espejo, las grandes barras metálicas terminadas en pinzas. Igual que el modelo teórico de Berkowsky..., sólo que éste era real.
Rethrick entró en la sala, seguido por los técnicos. Un grupo de hombres trabajaban en el rastreador. Habían quitado parte del revestimiento. Investigaban la delicada maquinaria. Jennings miraba la escena. absorto.
—Oye, tú... —dijo el capataz, avanzando hacia él.
La puerta de acero se cerró, borrando la visión del rastreador, de Rethrick y de los técnicos.
—Lo siento —murmuró Jennings.
—Sabes que no está permitido curiosear. —El capataz le examinó con gran atención—. No me acuerdo de ti. Déjame ver tu tarjeta.
—¿Mi tarjeta?
—Tu tarjeta de identificación. —El capataz se giró en redondo—. Bill, tráeme la lista —miró a Jennings de arriba abajo—. Voy a consultar la lista, amigo. Nunca te había visto antes en la cuadrilla. Quédate aquí.
Un hombre salió de una puerta lateral con un papel en la mano.
Ahora o nunca.
Jennings empezó a correr por el pasillo hacia la gran puerta de acero. El capataz y su ayudante lanzaron un grito. Jennings sacó la llave codificada, rogando mentalmente que funcionara. Mientras corría, extrajo también la pistola Boris. Al otro lado de la puerta se encontraba el rastreador temporal. Unas cuantas fotografías, unos bosquejos, y después, si lograba escapar...
La puerta no se movió. El sudor resbalaba por su rostro. Golpeó la puerta con la llave. ¿Por qué no se abría? Seguro que... Se puso a temblar, presa del pánico. Oyó el ruido de gente que corría por el pasillo, hacia él. Ábrete...
Pero la puerta no se abrió. No era la llave correcta.
Estaba derrotado. La puerta y la llave no encajaban. O se había equivocado, o la llave correspondía a otro lugar, pero ¿a cuál? Jennings miró frenéticamente a su alrededor. ¿Adónde podía ir?
Divisó una puerta media abierta a escasa distancia. Cruzó el pasillo y cargó sobre ella. Se encontraba en una especie de almacén. Cerró la puerta de golpe y echó el pestillo. Oyó los gritos y carrerillas que se sucedían afuera. Pronto llegarían guardias armados. Jennings aferró con fuerza la pistola Boris. ¿Estaba atrapado? ¿Hallaría una segunda vía de escape?
Atravesó la sala, abriéndose paso entre sacos, cajas y altas pilas de envases de cartón. En la parte trasera descubrió una portezuela de emergencia. La abrió en seguida. Tuvo la tentación de tirar la llave codificada. ¿De qué le había servido? Sin embargo, seguro que él había sabido lo que hacía. Él ya había visto esta escena. Había sido testigo de todo, como si fuera Dios. Predeterminado. No podía equivocarse. ¿O sí?
Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza. Quizá el futuro era variable. Quizá, en otra ocasión, la llave codificada había servido para esa puerta... ¡pero ya no!
Oyó un ruido detrás: estaban fundiendo la puerta del almacén. Jennings se precipitó por la esclusa de emergencia y salió a un pasillo de hormigón, bajo, húmedo y mal iluminado. Dobló una esquina tras otra sin dejar de correr. Era como una alcantarilla, con centenares de pasadizos que partían de él.
Se detuvo. ¿Qué dirección seguir? ¿Dónde podía guarecerse? La boca de una ancha tubería de ventilación bostezaba sobre su cabeza. Saltó y se izó a pulso. Pasarían de largo de la tubería. Reptó cautelosamente, azotado por un aire cálido. ¿Para qué un respiradero tan enorme? Implicaba que, en el otro extremo, había una cámara de dimensiones extraordinarias. Llegó a una verja de metal y se paró.
Y jadeó.
Contemplaba una amplísima sala, de la que había tenido un atisbo tras la puerta de acero. Allí estaba el rastreador temporal. Y, un poco más allá del ingenio, Rethrick conferenciaba ante una videopantalla encendida Una alarma desparramaba su sonido chillón por todas partes.
Los técnicos corrían en todas direcciones. Guardias uniformados entraban y salían por las puertas.
El rastreador. Jennings examinó la reja. Estaba bien encajada. Sin embargo, al moverla lateralmente, se le quedó en las manos. Nadie miraba. Se deslizó sin hacer ruido en la sala, con la pistola Boris preparada. Se escondió detrás del rastreador mientras técnicos y guardias se apelotonaban en el otro extremo de la sala, donde los había visto por primera vez.
Tenía al alcance de la mano los planos, el espejo, documentos, datos, fotocalcos. Pulsó el botón de su cámara, que vibró contra su pecho a medida que la película avanzaba. Se apoderó de un puñado de planos. ¡Quizá, sólo unas semanas antes, él había trabajado con esos mismos diagramas!
Llenó sus bolsillos de papeles. La película se terminó, pero también él había terminado. Trepó por el borde del respiradero y se introdujo en la tubería. El pasillo que recordaba a una alcantarilla seguía desierto, pero distinguió el sonido retumbante de voces y pasos apresurados. Tantos pasadizos... Le buscaban en el laberinto de pasadizos.
Jennings corrió al azar con la intención de alcanzar el pasillo principal, pero percibió enfrente un nuevo sonido. Disminuyó la marcha. El pasillo continuaba a la derecha. Caminó poco a poco, con la pistola Boris dispuesta.
Dos guardias estaban de pie a escasos metros de distancia, fumando y charlando. Custodiaban una pesada puerta que se abría con una llave codificada. El sonido de las voces que le perseguían aumentó de intensidad. Le pisaban los talones, estaban a punto de alcanzarle.
Jennings abandonó su escondite y alzó la pistola.
—Manos arriba. Tirad los fusiles.
Los guardias le miraron como atontados. Adolescentes de cabello rubio rizado y brillantes uniformes. Retrocedieron, pálidos y atemorizados.
—He dicho que tiréis los fusiles.
Las dos armas cayeron al suelo. Jennings sonrió. Muchachos que, quizá por primera vez, se enfrentaban a un problema serio. Sus botas de cuero centelleaban como un espejo.
—Abrid la puerta —ordenó Jennings—. Quiero salir.
Le miraron sin reaccionar. El tumulto creció a sus espaldas.
—Abrid —se impacientó Jennings—, rápido. ¡Abrid, maldita sea! ¿Queréis que...?
—No... no podemos.
—¿Qué?
—No podemos. Es una puerta codificada. No tenemos la llave, se lo juro, señor. Nunca nos dan la llave.
Estaban aterrorizados. Jennings también empezó a sentir pánico, a medida que los ruidos se aproximaban. Se hallaba atrapado.
¿O no?
Lanzó una súbita carcajada. Avanzó sin vacilar hacia la puerta.
—Ten fe —murmuró mientras levantaba la mano—. Nunca has de perderla.
—¿Qué... qué es eso?
—Fe en uno mismo. Confianza.
La puerta se abrió cuando apoyó la llave sobre la superficie. La luz cegadora del sol le hizo parpadear. Sujetó la pistola con fuerza. Había salido al exterior, en la puerta. Tres guardias contemplaban asombrados la pistola. Estaba en la puerta... y más allá empezaban los bosques.
—Fuera de mi camino.
Jennings disparó sobre las barras de metal de la puerta. El metal ardió, se fundió y provocó una nube de fuego.
—¡Deténganle!
Un grupo de guardias armados salió del pasillo.
Jennings saltó a través de la puerta humeante. El metal le hirió en diversos puntos. Corrió, tropezó y cayó. Volvió a levantarse y se internó entre los árboles.
Estaba afuera. Él no le había fallado. La llave funcionaba, en efecto. La primera vez se había equivocado de puerta.
Prosiguió su huida incansable entre los árboles, sin aliento. No tardó en dejar atrás la fábrica y las voces. Tenía los papeles. Y estaba libre.

En cuanto se reunió con Kelly, le entregó la película y todo lo que había conseguido guardar en los bolsillos. Después se puso sus ropas habituales. Kelly le acompañó hasta la periferia de Stuartsville y se marchó. Jennings contempló como el vehículo remontaba el vuelo en dirección a Nueva York. Entonces entró en la ciudad y tomó el primer cohete que partía rumbo a la metrópoli.
Durmió todo el trayecto, rodeado por docenas de hombres de negocios. Se despertó poco antes de aterrizar en el inmenso espaciopuerto de Nueva York.
Jennings descendió por la escalerilla y se mezcló entre los pasajeros.
Volvía a correr el peligro de ser detenido por la PS. Dos oficiales de seguridad con uniformes verdes le miraron sin pestañear cuando subió a bordo de un taxi. El taxi se sumergió en el espeso tráfico. Jennings se secó la frente. Por poco. Ahora se reuniría con Kelly.
Cenó en un pequeño restaurante, en un rincón alejado de las ventanas. Cuando salió a la calle, el sol empezaba a declinar. Caminó sin prisa, absorto en sus pensamientos.
Hasta ahora todo iba bien. Había salido ileso de su aventura, y se pudo llevar la película y los papeles. No le había fallado ni una de las baratijas. Sin ellas se habría sentido indefenso. Metió la mano en el bolsillo. Le quedaban dos. La ficha de póquer partida por la mitad y el recibo del paquete. Sacó el recibo y lo examinó a la decreciente luz del atardecer.
De repente se dio cuenta de algo: llevaba la fecha de hoy. Se le había pasado por alto.
Lo guardó y siguió andando. ¿Qué significaba? ¿Para qué servía? Se encogió de hombros. Lo sabría a su tiempo. Y la media ficha de póquer... ¿de qué demonios le iba a servir? Ni idea. En cualquier caso, estaba seguro de que saldría adelante. Él le había ayudado a progresar, hasta ahora. Pronto obtendría respuestas a todas las preguntas.
Llegó al edificio de apartamentos de Kelly, se detuvo y levantó la vista. Tenía la luz encendida. Había vuelto; su vehículo particular había superado al cohete de largo recorrido. Entró en el ascensor y subió hasta su planta.
—Hola —saludó cuando ella le abrió la puerta.
—¿Estás bien?
—Por supuesto. ¿Puedo entrar?
Kelly asintió y cerró la puerta cuando estuvo dentro.
—Me alegro de verte. Los hombres de la PS patrullan por la ciudad, casi manzana por manzana. La policía...
—Lo sé. Vi una pareja en el espaciopuerto —Jennings se sentó en el sofá—. Con todo, me alegro de haber vuelto.
—Tenía miedo de que controlaran todos los vuelos procedentes de otras ciudades y registraran a los pasajeros.
—Carecían de motivos para pensar que venía a la ciudad.
—No se me ocurrió —Kelly tomó asiento frente a él—. Y ahora ¿qué? Ahora que has robado todas esas pruebas, ¿qué piensas hacer?
—Me citaré con Rethrick y le daré la noticia, le diré que la persona que huyó de la fábrica era yo. Sabe que alguien se escapó, pero no sabe quién. Debe de pensar que se trata de un hombre de la PS.
—¿Podría utilizar el espejo temporal para averiguarlo?
El rostro de Jennings se ensombreció.
—No había pensado en esa posibilidad —se frotó el mentón y frunció el ceño—. En cualquier caso, el material está en mi poder, o en el tuyo.
Kelly asintió.
—Muy bien. Seguiremos adelante con nuestros planes. Mañana veremos a Rethrick, aquí, en Nueva York. ¿Puedes hacer que vaya a la oficina? ¿Irá si le envías un aviso?
—Sí. Tenemos un código. Si le pido que venga, lo hará.
—Estupendo. Me encontraré con él allí. Accederá a mis demandas cuando le demuestre que las fotos y los planos obran en mi poder. Tendrá que dejarme entrar en la fábrica, a menos que quiera correr el riesgo de ver las pruebas en manos de la Policía de Seguridad.
—¿Y qué pasará una vez estés dentro, cuando Rethrick haya aceptado tus exigencias?
—Vi lo bastante de la fábrica para convencerme de que es mucho más grande de lo que pensaba. Cuánto, no lo sé. ¡Ahora entiendo por qué él estaba tan interesado!
—¿Exigirás compartir el control de la Compañía?
Jennings asintió con la cabeza.
—No te satisface volver a ser un simple técnico, como antes, ¿verdad?
—¿Para que me echen otra vez? —Jennings sonrió—. De todos modos, sé que él abrigaba mejores intenciones. Trazó planes meticulosos. Las baratijas... Ha de haberlo planeado con mucha antelación. No, no volveré como técnico. Lo que vi allí implica que están preparando algo grande. Y quiero participar en ello.
Kelly guardó silencio.
—¿Entiendes? —preguntó Jennings.
—Sí.
Jennings abandonó el apartamento y recorrió a buen paso las calles oscuras. Había permanecido demasiado tiempo en aquel lugar. Si la PS les encontraba juntos, sería el final de Construcciones Rethrick. Ahora que el objetivo estaba a su alcance, no podía arriesgarse.
Consultó su reloj. Eran más de las doce de la noche. Se reuniría con Rethrick por la mañana y le haría su oferta. La caminata templó su ánimo. Todo saldría bien. Construcciones Rethrick aspiraba a algo mucho más importante que el poder económico. Una revolución estaba en marcha. Rethrick preparaba una guerra bajo su fortaleza de hormigón. Las maquinarias se estaban reconvirtiendo a tal efecto. El rastreador y el espejo temporales no descansaban: observaban, sondeaban y extraían.
No cabía duda de que él había trazado todo el proceso. Él lo había visto con anticipación, y había reflexionado. El problema del lavado de cerebro: al terminar el contrato le borraron los recuerdos, destruyeron todos los planes. ¿Destruyeron? Había una cláusula alternativa en el contrato. Otros la habían entendido y utilizado. ¡Pero no como él quería!
Él había ido mucho más lejos que cualquiera de sus predecesores. Él había sido el primero en comprender, en hacer planes. Las siete baratijas eran un puente para acceder a algo superior...
Un vehículo de la PS apareció en la curva de la manzana. Se abrieron las puertas.
Jennings se detuvo con el corazón en un puño. La patrulla nocturna que vagaba al azar por la ciudad. Era más tarde del toque de queda. Miró a su alrededor. Todo estaba oscuro. Las tiendas y las casas estaban cerradas. Silenciosos edificios y bloques de apartamentos. Hasta los bares habían apagado las luces.
Volvió la vista atrás y vio que un segundo vehículo de la PS se había detenido. Dos oficiales estaban de pie en la esquina y le habían visto. Avanzaron hacia él. Se quedó paralizado, buscando con la vista algún lugar en el que refugiarse.
El letrero de neón de un lujoso hotel centelleaba en la acera de enfrente. Cruzó la calle y el eco de sus pisadas resonó en el pavimento.
—¡Alto! —gritó uno de los hombres de la PS—. Venga aquí. ¿Qué hace en la calle? ¿Cuál es su...?
Jennings subió los peldaños y entró en el hotel. Atravesó el vestíbulo. El recepcionista le miró. No se veía a nadie más, el vestíbulo estaba desierto. El corazón se le encogió: no le quedaba la menor oportunidad. Apresuró el paso sin saber qué hacer y se internó en un pasillo alfombrado. Tal vez conducía hacia alguna vía de escape. Oyó que los hombres de la PS irrumpían en el vestíbulo.
Jennings dobló una esquina. Dos hombres le cortaron el paso.
—¿Adónde va?
—Déjenme pasar —se detuvo y buscó en la chaqueta la pistola Boris. Los hombres reaccionaron al instante.
—Quieto.
Tenían los brazos caídos a lo largo de los costados. Matones profesionales. Más allá de ellos percibió luz, luz y sonidos. Algún tipo de actividad: gente.
—Muy bien —dijo uno de los matones.
Le arrastraron por el pasillo en dirección al vestíbulo. Jennings se debatió inútilmente. Se había metido en un callejón sin salida. Un par de matones. La ciudad estaba llena de matones apostados en las sombras. El hotel era una fachada. Iban a depositarle en manos de la PS.
Un hombre y una mujer de avanzada edad, bien vestidos, aparecieron en el vestíbulo. Miraron con curiosidad a Jennings, zarandeado por los dos hombres.
De pronto, Jennings comprendió. Una oleada de alivio le invadió, hasta dejarle casi exhausto.
—Esperen —dijo secamente—. En mi bolsillo...
—Vamos.
—Esperen, miren en mi bolsillo derecho, miren, por favor.
Relajó la tensión y esperó. El matón de la derecha introdujo la mano en el bolsillo con cautela. Jennings sonrió. Se había acabado. Él también previó esto. No existía ninguna posibilidad de error. Esto le solucionaba un problema: dónde permanecer hasta la hora de encontrarse con Rethrick. Se quedaría en el hotel.
El matón sacó la ficha de póquer partida por la mitad y examinó los bordes aserrados.
—Un momento.
Extrajo de su propia chaqueta otra ficha dividida que encajó perfectamente con la otra.
—¿Todo bien? —preguntó Jennings.
—Claro. —le soltaron. Se cepilló el polvo de la chaqueta con un gesto automático—. Claro, señor, discúlpenos. Oiga, ¿tendría el...?
—Llévenme a la parte de atrás —dijo Jennings, secándose el rostro—. Me andan buscando y no tengo el menor deseo de que me encuentren.
—Claro.
Le guiaron hasta la sala de juego. La mitad de la ficha había convertido lo que parecía un desastre en una ventaja. La combinación de juego y mujeres, una de las escasas instituciones que la Policía toleraba. Estaba a salvo, sin duda. Ya sólo quedaba una cosa: ¡el encuentro con Rethrick!

Las facciones de Rethrick se endurecieron. Fijó la vista en Jennings y tragó saliva.
—No —confesó—, no sabía que era usted. Pensamos que se trataba de la PS.
Hubo un silencio. Kelly se sentó en una silla junto al escritorio con las piernas cruzadas y un cigarrillo entre los dedos. Jennings se apoyó en la puerta.
—¿Por qué no utilizó el espejo? —preguntó.
El rostro de Rethrick enrojeció de ira.
—¿El espejo? Hizo un buen trabajo, amigo. Intentamos utilizar el espejo.
—¿Intentamos?
—Antes de finalizar su contrato con nosotros, usted modificó algunas conexiones del espejo. Cuando tratamos de ponerlo en marcha no sucedió nada. Hace media hora que salí de la fábrica; aún seguían trabajando para arreglarlo.
—¿Lo hice antes de finalizar mi contrato?
—Por lo que parece, lo tenía todo planificado al detalle. Sabía que con el espejo no nos costaría nada localizarle. Es un buen técnico, Jennings, el mejor que hemos tenido. Nos gustaría que volviera algún día, que trabajara para nosotros de nuevo. Nadie puede hacer funcionar el espejo con su destreza. De hecho, ya no podemos hacerlo funcionar.
—No tenía ni idea de que él hubiera hecho algo semejante —sonrió Jennings—. Le subestimé. Incluso su protección fue...
—¿De quién habla?
—De mí, durante esos dos años. Me gusta más esa fórmula.
—Bien, Jennings. Así que ustedes dos se pusieron de acuerdo para robar nuestros planos, ¿verdad? ¿Con qué propósito? No los han entregado a la Policía.
—No.
—Por tanto, he de deducir que es un chantaje.
—Exacto.
—¿Para qué? ¿Qué quiere? —Rethrick parecía haber envejecido. Había perdido las ínfulas, tenía los ojos vidriosos entornados y se frotaba la mandíbula incesantemente—. Se ha metido en muchos problemas para ponernos en un aprieto. Me pregunto por qué. Hizo los preparativos mientras trabajaba para nosotros, y ahora lo ha completado, a pesar de nuestras precauciones.
—¿Precauciones?
—Extraerle los recuerdos. Ocultar el emplazamiento de la fábrica.
—Díselo —terció Kelly—. Dile porqué lo hiciste.
Jennings respiró con fuerza.
—Rethrick, lo hice para volver, para volver a la Compañía. Es la única razón; no busque más.
—¿Para volver a la Compañía? —se asombró Rethrick—. Si ya le dije que podía volver —su voz era aguda y seca—. ¿Qué le sucede? Usted podía volver y quedarse tanto tiempo como quisiera.
—Como técnico.
—Sí, como técnico. Contratamos a muchos...
—No quiero volver como técnico. No me interesa trabajar para usted. Escuche, Rethrick, la PS me arrestó tan pronto como salí de su oficina. Si no hubiera sido por él estaría muerto.
—¿Le arrestaron?
—Querían conocer las actividades de Construcciones Rethrick. Querían que se lo dijera.
—Mal asunto —Rethrick movió la cabeza—. No lo sabíamos.
—No, Rethrick, no vuelvo como un empleado vulgar al que se despide cuando a usted le place. Vuelvo con usted, no para ponerme a sus órdenes.
—¿Conmigo? —Rethrick le contempló estupefacto. Su rostro se fue ensombreciendo poco a poco—. No comprendo sus palabras.
—Usted y yo dirigiremos, a partir de ahora, Construcciones Rethrick. Y nadie, por nuestro propio bien, me va a borrar los recuerdos.
—¿Es eso lo que quiere?
—Sí.
—¿Y si nos negamos?
—Entregaré a la PS las películas y los planos; así de sencillo. Sin embargo, no quiero hacerlo, no quiero destruir la Compañía. ¡Quiero formar parte de la Compañía! Quiero sentirme a salvo. Usted no sabe lo que es vagar por ahí afuera, sin saber adónde ir. Un individuo ya no tiene ningún lugar en el que refugiarse, nadie en quien confiar, nadie que le ayude. Está atrapado entre dos fuerzas despiadadas, la política y los poderes económicos. Estoy cansado de ser un simple peón.
Rethrick guardó silencio durante mucho rato, con la vista fija en el suelo y el rostro carente de expresión. Por fin miró de frente a Jennings.
—Sabía que sucedería así. Hace mucho tiempo que lo sé, mucho más del que usted se imagina. Soy mucho más viejo que usted. Lo he visto acercarse año tras año. Por eso existe Construcciones Rethrick. Algún día, todo será diferente. Algún día, cuando perfeccionemos el rastreador y el espejo. Cuando las armas sean eliminadas.
Jennings no replicó.
—¡Sé muy bien lo que significa! Ya soy viejo, y he trabajado durante muchos años. Cuando me dijeron que alguien había huido de la fábrica con los planos, pensé que el fin se aproximaba. Ya sabíamos que usted había inutilizado el espejo. Sabíamos que existía una conexión, pero no atamos todos los cabos.
»Pensamos, por supuesto, que la Seguridad le había infiltrado entre nosotros para averiguar lo que hacíamos. Luego, cuando se dio cuenta de que no podía salir con la información, inutilizó el espejo, así la PS no tendría problemas para...
Se interrumpió y se frotó la mejilla.
—Continúe —le invitó Jennings.
—Así que lo hizo en solitario... Chantaje. Formar parte de la Compañía. ¡Usted no conoce el objetivo de la Compañía, Jennings! ¿Cómo se atreve a querer entrar? Hemos trabajado durante mucho tiempo. Por salvarse, nos va a arruinar, nos va a destruir.
—No les estoy hundiendo. Puedo serles de mucha ayuda.
—Sólo yo llevo las riendas de la Compañía. Es mía. Yo la hice, yo la puse en pie. Es mía.
—¿Y qué sucederá cuando muera? —rió Jennings—. ¿O estallará la revolución antes de ese día?
Rethrick alzó la cabeza con brusquedad.
—Usted morirá, y nadie será capaz de continuar su obra. Ya sabe que soy un buen técnico, usted mismo lo afirmó. Está loco, Rethrick, no puede controlarlo todo sin ayuda, hacerlo todo, decidirlo todo. Y, además, morirá, tarde o temprano. ¿Qué ocurrirá entonces?
Hubo un silencio.
—Por el bien de la Compañía, tanto como por el mío propio..., déjeme entrar. Le seré de gran utilidad. Cuando haya muerto, yo dirigiré la Compañía, y es posible que la revolución llegue a buen fin.
—¡Debería estar satisfecho por seguir con vida! Si no le hubiera permitido llevarse sus baratijas...
—¿Y qué otra cosa podía hacer? ¿Cómo iba a permitir que sus técnicos manejaran el espejo, vieran su futuro y se marcharan sin ninguna protección? No resulta difícil comprender por qué se vio forzado a incluir la cláusula alternativa en el contrato. No le quedaba otra elección.
—Ni siquiera sabe lo que está haciendo, ni por qué existimos.
—Tengo una cierta idea. No olvide que trabajé para usted durante dos años.
Pasaron unos minutos. Rethrick no cesaba de humedecerse los labios y de frotarse la mejilla. El sudor resbalaba por su frente. Por fin, levantó los ojos.
—No. No hay acuerdo. Nadie dirigirá la Compañía, excepto yo. Si muero morirá conmigo. Me pertenece.
—En ese supuesto, los documentos irán a parar a manos de la Policía —amenazó Jennings, contraatacando.
Rethrick no dijo nada, pero una extraña expresión cruzó por su rostro, una expresión que estremeció a Jennings.
—Kelly —preguntó Jennings—, ¿llevas los documentos encima?
Kelly se levantó y apagó el cigarrillo, pálida.
—No.
—¿Dónde están? ¿Dónde los pusiste?
—Lo siento —respondió con suavidad—, pero no te lo voy a decir.
—¿Qué?
—Lo siento —repitió Kelly. Le temblaba la voz—. Están en un lugar seguro. La PS nunca los encontrará, pero tú tampoco. Se los devolveré a mi padre cuando sea conveniente.
—¿A tu padre?
—Kelly es mi hija —dijo Rethrick—. Con eso no contaba, Jennings. Ni tampoco él. Sólo lo sabíamos nosotros dos. Quería que todos los puestos clave fueran ocupados por miembros de la familia. Se ha demostrado que fue una buena idea, pero era necesario mantenerlo en secreto. Si la PS lo hubiera adivinado, la habrían detenido al instante. Su vida pendería de un hilo.
Jennings dejó escapar el aliento.
—Comprendo.
—Me pareció una buena idea ayudarte —dijo Kelly—, porque si no lo habrías hecho solo, y llevarías las pruebas encima. Como tú mismo reconociste, si la PS te detenía con los documentos significaba nuestro fin. Así que te presté mi apoyo. Tan pronto como me diste los documentos, los oculté en un lugar seguro —sonrió levemente—. Nadie sabe dónde están, excepto yo. Lo siento.
—Jennings, puede unirse a nosotros —intervino Rethrick—. Trabaje para nosotros durante el resto de su vida, si quiere. Podrá obtener cuanto desee, a excepción de...
—El control de la Compañía.
—Exacto, Jennings, la Compañía es vieja, más vieja que yo. Yo no fui el creador. Me... me fue impuesta, como diría usted. Acepté la pesada carga de dirigirla, hacerla crecer y encaminarla hacia su objetivo, hacia la revolución, como usted indicó.
»Mi abuelo fundó la Compañía en el siglo veinte. La Compañía siempre ha pertenecido a la familia, y así será siempre. Algún día, cuando Kelly se case, dará a luz a un heredero que me sucederá. Ya nos ocuparemos de ello. La Compañía fue fundada en Maine, en una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra. Mi abuelo era más bien tradicional, honrado y apasionadamente independiente. Tenía un pequeño taller de reparaciones y mucho talento.
»Cuando vio que el gobierno y las grandes empresas se apoderaban de todo, se las ingenió para que Construcciones Rethrick desapareciera del mapa. Al gobierno le costó mucho controlar Maine, más que otros lugares. Cuando el resto del mundo ya había sido dividido en monopolios internacionales y macroestados, Nueva Inglaterra continuaba resistiendo, viva y libre, así como mi abuelo y Construcciones Rethrick.
»Agrupó a un puñado de hombres, técnicos, médicos, abogados y oscuros periodistas del Medio Oeste. La Compañía se expandió. Aparecieron armas, armas y conocimientos. ¡El rastreador y el espejo temporales! La fábrica fue construida en secreto, durante un largo período de tiempo y a costa de grandes esfuerzos y dinero. La fábrica es grande, grande y vasta, hundida en la tierra a una enorme profundidad. Ya vio los numerosos niveles; él los vio, su alter ego. Hay mucho poder almacenado. Poder y hombres desaparecidos, reclutados por todo el mundo. Ellos fueron los primeros, los mejores.
»Algún día, Jennings, saldremos a la luz. No podemos seguir en estas condiciones. La gente no puede vivir de esta manera, manipulada por los poderes económicos y políticos. Millones de personas actúan siguiendo los caprichos o las necesidades de gobiernos y multinacionales. Algún día se alzará la resistencia, una resistencia fuerte y desesperada, apoyada por los humildes, no por los poderosos: conductores de autobuses, tenderos, operadores de videopantallas, camareros... Y ahí es donde entra la Compañía.
»Les proporcionaremos lo que necesiten, herramientas, armas, conocimientos. Vamos a alquilarles nuestros servicios, y no dude que aceptarán. Les seremos imprescindibles para luchar contra las fuerzas oponentes.
Hubo un silencio.
—¿Comprendes por qué no debías entrometerte? —preguntó Kelly—. Es la Compañía de papá. Siempre ha sido así, al estilo de Maine. Forma parte de la familia. La Compañía pertenece a la familia; es nuestra.
—Únase a nosotros —dijo Rethrick—, como técnico. Lo siento, pero es consecuencia de nuestras limitadas perspectivas, incluso estrechas si me apura, pero inconmovibles a través de los años.
Jennings no dijo nada. Paseó lentamente por el despacho con las manos en los bolsillos. Al cabo de un rato alzó la persiana y contempló la calle, con la vista perdida en la lejanía.
Abajo, como un diminuto escarabajo negro, un vehículo de Seguridad avanzaba mezclado con el tráfico que atestaba la calle. Fue al encuentro de un segundo vehículo, ya aparcado. Cuatro hombres de la PS con sus uniformes verdes estaban de pie, y divisó unos cuantos más que se acercaban desde la acera opuesta. Bajó la persiana.
—Me cuesta tomar una decisión —dijo.
—Si sale le detendrán —indicó Rethrick—. Siempre andan al acecho. No tiene otra oportunidad.
—Por favor... —suplicó Kelly.
—Así que no me vas a decir dónde pusiste los papeles —sonrió de repente Jennings.
Kelly negó con la cabeza.
—Espera. —Jennings exploró su bolsillo. Extrajo un trozo de papel que desdobló lentamente y leyó con atención—. ¿Por casualidad los depositaste en el Dunne National Bank, a eso de las tres de la tarde de ayer, para que los guardaran en su caja fuerte?
Kelly jadeó. Se apoderó de su bolso y lo abrió. Jennings devolvió el trozo de papel —el recibo del paquete— a su bolsillo.
—Así que incluso vio esto —murmuró—. La última de las baratijas. Me pregunto cuál será su utilidad.
Kelly rebuscó frenéticamente en su bolso, con el rostro encendido de excitación. Sacó un trozo de papel y lo agitó en el aire.
—¡Te equivocas! ¡Aquí está! Aún lo tengo yo —se tranquilizó un poco—. No sé lo que tú tienes, pero esto es...
Algo se movió sobre sus cabezas. Un espacio oscuro, un círculo, se estaba formando. El espacio tembló. Kelly y Rethrick lo miraban, petrificados.
Una pinza surgió del círculo, una pinza de metal al extremo de una varilla brillante. La pinza descendió, dibujando una amplia curva en el aire. La pinza arrebató el papel de las manos de Kelly. Vaciló un instante, y luego retrocedió hasta desaparecer en el interior del círculo negro con el papel. Después, en silencio, la pinza, la varilla y el círculo se desvanecieron. No había nada en el lugar que ocupaban, nada en absoluto.
—¿Adónde..., adónde fue? —susurró Kelly—. El papel. ¿Qué era eso?
Jennings palmeó su bolsillo.
—Está a salvo, aquí dentro. Empezaba a preguntarme cuándo iba a intervenir él. Ya me tenía preocupado.
Rethrick y su hija continuaban sumidos en el silencio.

—Cambiad de expresión —dijo Jennings, cruzándose de brazos—. El papel está a salvo... y la Compañía también. Cuando llegue la hora actuará con energía y respaldará la revolución. Todos lo veremos, usted; yo y su hija —miró a Kelly y le guiñó un ojo—. Los tres. Y hasta es posible que, para entonces, la familia haya aumentado de número.